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Un genio pegado a una manzana

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SINC 24 febrero 2015 10:17
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Más allá de los aspectos que definían su duro carácter, la aportación que hizo Steve Jobs al mundo de las comunicaciones y a la informática es indiscutible. Alguien lo llamó el Thomas Edison del siglo XX. La historia dictará si le corresponde tan elevado pedestal pero lo que es seguro es que revolucionó la vida del siglo XX y XXI: el ordenador personal con los Mac, el cine de animación con Pixar, la música con el iPod, los móviles con el iPhone y pretendió cambiar los medios de comunicación con el iPad.

Steve Jobs nació un 24 de febrero de 1955 –ahora hace 60 años– en San Francisco. Paul y Clara Jobs, sus padres adoptivos, le criaron en el seno de una familia con pocos recursos.

Abandonó la universidad, tal y como explicó en el discurso de inauguración de 2005 de la Universidad de Standford, “tras seis meses no le veía propósito alguno”. Decisión que fue, según él mismo, “una de las mejores que he tomado”.

En abril de 1976 y con tan solo 21 años, él y su socio Steve Wozniak fundaron Apple en el famoso garaje en Los Altos (California). Jobs se encargaba de las ideas y de vender el producto; Wozniak, de las cuestiones de ingeniería que daban vida a complejos artilugios tecnológicos.

Con un respaldo financiero de 90.000 dólares nació su primera computadora, Apple I, con una visión: popularizar el uso de los ordenadores personales, llevándolos de las oficinas a las casas. En 1977 llegó su primer éxito, el Apple II, la primera computadora producida en masa para el consumo. En tan sólo dos años, la facturación de la compañía se multiplicó por quince, lo que les convirtió en multimillonarios antes de cumplir los 25 años.

Steve Jobs declaró más de una vez que vivía por y para Apple: "Solo le pido a la gente que se enamore de la empresa". Y es que nunca antes una marca ha estado tan asociada a una persona. Quizá el éxito de la firma que fundó se deba precisamente a su filosofía, que se podría resumir en construir “algo bonito, funcional y dirigido a las masas”. Sabía que debía trasmitir a sus empleados la magia de los productos que estaban creando, para que sintieran auténtica pasión. Tenían que sentirse literalmente enganchados y enamorados de sus propios productos. Él mismo decía que “si vamos a construir aparatos, más vale que los hagamos bonitos”.

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Categoría SINC:
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