Un estudio realizado con casi 500 niños en Londres revela que la exposición a niveles elevados de polución en el primer trimestre reduce las habilidades lingüísticas a los 18 meses, con efectos aún más severos en bebés prematuros.
Al igual que sabemos cómo la lengua organiza los sabores básicos, un equipo de Harvard ha descubierto que el olfato sigue un orden espacial estricto en franjas, aunque con una complejidad varios órdenes de magnitud mayor que la del gusto.