Una tibia de Iguanodon bernissartensis, hallada en Castellón, conserva los efectos de una grave afección que padeció el animal durante su vida. Una nueva investigación revela que el dinosaurio sobrevivió el tiempo suficiente para que su organismo formara nuevo tejido óseo.
Los sedimentos del Cretácico Inferior que afloraron hace años en el entorno de Morella (Castellón) siguen ofreciendo hallazgos importantes sobre la vida de los dinosaurios europeos hace unos 125 millones de años.
En esta ocasión, un equipo de investigadores ha identificado en un fósil de Iguanodon bernissartensis la primera evidencia documentada de una reacción ósea provocada por una infección bacteriana originada en una úlcera de la piel.
El trabajo, publicado en la revista Royal Society Open Science, constituye un avance importante en el conocimiento de las enfermedades que afectaban a los dinosaurios y de cómo respondían sus organismos frente a infecciones graves.
Aunque el registro fósil conserva miles de huesos de dinosaurios, son escasas las ocasiones en las que se puede reconstruir aspectos de la salud de un individuo concreto. Las patologías fósiles ofrecen una oportunidad única para conocer cómo enfermaban estos animales, cómo reaccionaban sus tejidos y hasta qué punto podían sobrevivir a lesiones potencialmente incapacitantes.
Este hallazgo revela que, en las últimas décadas, la paleopatología ha adquirido un papel cada vez más relevante para interpretar la biología, el comportamiento y la evolución de los vertebrados extinguidos.
El fósil estudiado corresponde a una tibia derecha de más de un metro de longitud perteneciente a uno de los grupos de dinosaurios herbívoros más emblemáticos del Cretácico Inferior europeo y que, en este caso, se ha atribuido al Iguanodon bernissartensis.
Los restos proceden del yacimiento de Mas de la Parreta (Morella), situado en la Formación Arcillas de Morella, y fue descubierto durante el control paleontológico de los trabajos de extracción de arcillas.
A simple vista, el hueso presenta un abultamiento anómalo en la parte media de la tibia. La superficie es lisa y engrosada, sin señales evidentes de fracturas o deformaciones importantes. Sin embargo, el aspecto de la lesión no era suficiente para establecer su origen y fue necesario recurrir a un diagnostico diferencial que permitiera descartar distintas patologías antes de alcanzar una conclusión.
Se recurrió a las técnicas radiológicas habituales en medicina hospitalaria. La tibia fue estudiada mediante tomografía axial computarizada (TAC) en el Hospital General Universitario de Castellón, y se obtuvieron imágenes tridimensionales de alta resolución que permitieron observar el interior del hueso sin dañarlo. Posteriormente, se generaron reconstrucciones digitales en tres dimensiones para analizar con detalle la estructura de la lesión.
Las imágenes obtenidas permitieron realizar un diagnóstico diferencial exhaustivo. Los investigadores descartaron que el engrosamiento correspondía a un callo de fractura, ya que el hueso no presentaba las alteraciones internas características de un proceso de remodelación ósea que se observan en el proceso de curación de una fractura. También, se rechazaron distintas enfermedades de origen tumoral dado que la lesión carecía de los rasgos diagnósticos propios de estas patologías.
La explicación más consistente fue que el hueso había reaccionado a una infección de los tejidos blandos situada sobre la tibia. El organismo del dinosaurio respondió formando nuevo tejido óseo alrededor de la zona afectada, lo que produjo una reacción perióstica y un engrosamiento de la corteza del hueso.
Según los autores, las características de la lesión son compatibles con una úlcera cutánea avanzada de origen bacteriano, probablemente polimicrobiana, similar a las denominadas úlceras tropicales descritas en medicina humana. Se trata de la primera vez que este tipo de respuesta patológica se documenta en un dinosaurio.
El estudio demuestra que el animal no murió inmediatamente después de sufrir la infección. La formación del nuevo tejido óseo indica que sobrevivió durante el tiempo suficiente para que su organismo desarrollara una respuesta inflamatoria prolongada y comenzara el proceso de cicatrización.
Los investigadores consideran que la lesión debió de provocar dolor persistente, inflamación y una importante limitación funcional en la extremidad, lo que pudo alterar probablemente su forma de caminar.
Además de ampliar el conocimiento sobre las enfermedades que afectaban a los dinosaurios, el trabajo muestra cómo las técnicas de imagen utilizadas habitualmente en medicina moderna permiten investigar la salud de animales extinguidos hace millones de años. La combinación de tomografía axial computarizada, reconstrucciones tridimensionales y diagnóstico diferencial ha proporcionado un nivel de detalle que hace apenas unas décadas resultaba impensable en paleontología.
Este hallazgo refuerza el valor científico de los yacimientos de la Formación Arcillas de Morella. Desde que en el siglo XIX se identificaron los primeros restos de dinosaurios en la comarca, las excavaciones han proporcionado distintos conjuntos fósiles del Cretácico Inferior europeo.
Entre ellos destacan varias especies descritas por primera vez en esta región, como los dinosaurios herbívoros Morelladon beltrani y Garumbatitan morellensis en Morella, o los dinosaurios carnívoros Vallibonavenatrix cani, de Vallibona, y Protathlitis cinctorrensis, de Cinctorres.
Junto a estas especies, la Formación Arcillas de Morella ha proporcionado abundantes restos de otros dinosaurios ampliamente distribuidos por Europa, entre los que sobresale el gran ornitópodo Iguanodon bernissartensis.
Este estudio permite profundizar no solo en la anatomía y la evolución de esta especie, sino también en aspectos mucho menos conocidos de su biología, como las enfermedades que padecieron y la forma en que respondían a ellas.
Referencia:
Salas - Herrera, J. et al. First occurrence of polymicrobial ulcer in dinosaurs. Royal Society Open Science. 2026