HUMANIDADES: Historia

Treinta años del invierno nuclear que enfrentó a Sagan contra Reagan

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Hace tres décadas, los científicos tomaron partido frente al frenesí armamentista de la administración de Ronald Reagan. Encabezados por el astrofísico y divulgador Carl Sagan, los expertos introdujeron en el debate político la teoría del invierno nuclear, una hipótesis sobre el impacto climático de un intercambio de misiles, logrando poner en tela de juicio la estrategia de guerra atómica limitada promovida por Washington.

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Pablo Francescutti | | 28 octubre 2014 11:00

<p>Fotograma de la película <em>La carretera </em>(<em>The Road</em>), 2009, de John Hillcoat; un posible escenario de invierno nuclear. Productora: Dimension Films.</p>

Fotograma de la película La carretera (The Road), 2009, de John Hillcoat; un posible escenario de invierno nuclear. Productora: Dimension Films.

¿Qué tienen que ver las tormentas de polvo en Marte con el crispado debate sobre el rearme promovido por el presidente Reagan en los años 80? Muchísimo, a la vista del decisivo papel del concepto de 'invierno nuclear' popularizado por Carl Sagan. El trigésimo aniversario de la publicación de The Cold and the Dark: The World after Nuclear War, el libro que puso ese escenario en el centro de la agenda pública, amerita un repaso de su génesis y recorrido hasta la fecha.

Digamos de entrada que el invierno nuclear es una hipótesis científica sobre el impacto climático de un intercambio limitado de misiles entre potencias enemigas. Postula que el humo y las cenizas eyectadas a la atmósfera por las explosiones y las tormentas de fuego bloquearán el paso de la luz solar, y las temperaturas de la superficie terrestre en verano descenderán una media de 25 grados centígrados. La disrupción duraría meses o años y tendría catastróficas consecuencias en los procesos biológicos, arruinando los cultivos y desencadenando una hambruna mundial.

La hipótesis postula que el humo de las explosiones haría descender las temperaturas de la Tierra 25 ºC

La preocupación por las repercusiones ambientales de una contienda termonuclear se remontaba a 1957, cuando el químico Samuel Glasstone comparó el oscurecimiento ocasionado por la erupción en Krakatoa con los posibles efectos de las detonaciones nucleares. En 1974, John Hampton advirtió de que tales estallidos podrían alterar la capa de ozono, aumentando la exposición a las radiaciones ultravioletas.

En 1982, el Premio Nobel de Química Paul Crutzen publicó con John Birks el artículo The atmosphere after a nuclear war: Twilight at Noon, alertando del enfriamiento global que produciría la acumulación de humo y hollín en la troposfera tras un ataque con misiles. Y entre 1983 y 1984, Sagan, Turco, Toon, Ackerman y Pollack modelizaron con ordenadores la hipótesis TTAPS (las siglas de los nombres de sus autores), más conocida como 'invierno nuclear'.

Un apocalipsis climático inspirado en Marte

Sagan no ocultó que se inspiraba en su conocimiento de la climatología de Marte. Algunos años antes, las sondas Viking habían observado unas monstruosas tormentas de polvo barriendo la superficie marciana. Análisis minuciosos del fenómeno detallaron cómo el polvo transportado a grandes alturas por los vientos del desierto absorbía la radiación solar, en tanto abajo cundían las tinieblas y bajaban las temperaturas. De ahí que el astrofísico pensara que lo que ocurría en el planeta rojo por causas naturales podía tener su réplica en la Tierra debido a la acción humana.

Los creadores de la hipótesis TTAPS eran perfectamente conscientes de sus implicaciones políticas. No por casualidad la habían ideado en un marco de relanzamiento de la carrera armamentista por el Ejecutivo de Reagan. El Gobierno republicano intentaba vender su agresivo militarismo con mensajes tranquilizadores. Sus portavoces sostenían que un conflicto nuclear no sería tan devastador y Estados Unidos lo superaría sin grandes dificultades.

Cabe recordar que esos tiempos estaba muy asentada en la opinión pública la advertencia hecha por Einstein de que si en la Tercera Guerra Mundial se empleaban armas atómicas, la cuarta se libraría con palos y piedras. A contrapelo de esa visión pesimista, Reagan y los neocon defendían “la guerra nuclear que se puede ganar” y argumentaban que las bajas americanas no superarían la quinta parte de la población.

El Gobierno republicano quiso vender su militarismo con mensajes tranquilizadores, pero Sagan y otros científicos pusieron a los ciudadanos en su contra

El invierno nuclear salió al cruce de esas falsas seguridades. A los ojos de la ciudadanía desveló un paisaje de pesadilla, de ciudades en llamas y poblaciones muriendo de hambre y frío en un mundo yermo y hostil. Venía a demostrar, en resumen, que en una guerra atómica no habría vencedores, pues el subsiguiente desbarajuste climático se llevaría a la civilización por delante.

Intelectuales contra el Gobierno republicano

Con esta jugada Sagan y sus colegas se sumaban al frente formado por artistas e intelectuales contrarios a la política del Gobierno estadounidense, empeñado en llevar la tensión internacional al punto de no retorno. Cumplían en el plano científico el mismo cometido que The Day After, el telefilme que escenificó en prime time las horrorosas horas posteriores a un bombardeo soviético a Kansas City: quitar toda credibilidad a la justificación falazmente optimista de la guerra nuclear.

En los años siguientes, la predicción TTAPS fue objeto de intenso escrutinio. Freeman Dyson objetó la analogía entre el comportamiento del reseco clima marciano y el de la húmeda atmósfera terrestre. Otros críticos le opusieron el escenario menos severo del 'otoño nuclear', en donde el termómetro “solo” bajaría 12 ºC (Thompson & Schneider, 1986).

En contrapartida, estudios posteriores pronosticaron que un conflicto atómico llevaría las temperaturas globales a -7 ºC. La discusión continúa hasta hoy, ya que, como Dyson indica, “los ordenadores no son aún lo suficientemente inteligentes como para saber quién tiene razón”. Por otra parte, tras el derrumbe de la URSS, la previsión del holocausto nuclear perdió la urgencia que tuvo en los años 80, y la modelización se ha centrado en el cambio climático inducido por las emisiones industriales.

En el balance, un dato se nos antoja incuestionable: Sagan y los suyos implantaron en la ciudadanía la certidumbre de que en caso de conflagración atómica, los trastornos climáticos, la lluvia radiactiva y el caos económico y social pueden resultar más mortíferos que el impacto directo de los bombardeos.

Sagan atisbó en el inhóspito clima marciano el porvenir que acechaba a la humanidad de no poner freno a la escalada armamentista

Las preocupaciones de su época en la faz de los astros

Desde otro ángulo y al margen de su valor científico, la hipótesis TTAPS nos brinda un buen ejemplo de cómo se libró la pugna persuasiva mantenida durante la Guerra Fría por militares, pacifistas, científicos, ecologistas, políticos y comunicadores empeñados en influir en la opinión pública mediante extrapolaciones, profecías y escenarios apocalípticos. Escenarios que siguen rondando al imaginario colectivo, a tenor de películas como La Carretera: la espeluznante lucha por la vida en un mundo de vegetación carbonizada y cielos eternamente cerrados.

Una última reflexión: en su obra La Conexión Cósmica, Sagan interpretó el enigma de los canales marcianos –construcciones inexistentes, según comprobó la misión Viking– como un espejismo creado por la sociedad victoriana a fines del siglo XIX.

Acosados por presagios de decadencia, sus astrónomos creyeron ver Marte cubierto por la red hidráulica de una civilización sedienta y moribunda; esto es, el futuro que aguardaba a los humanos conforme envejeciera la Tierra. Curiosamente, después de hacer esa interpretación, Sagan no pudo resistir la tentación de proyectar las preocupaciones de su época en la faz de los astros y atisbó en el inhóspito clima marciano el porvenir que acechaba a la humanidad de no poner freno a la escalada armamentista.

Zona geográfica: España
Fuente: SINC

Pablo Francescutti

Sociólogo, profesor e investigador en el Grupo de Estudios Avanzados de Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) y miembro del Grupo de Estudios de Semiótica de la Cultura (GESC).

Comentarios

  • Daniel Rodríguez Herrera |28. octubre 2014 16:52:31

    Me sorprende, como poco, que a estas alturas se siga reivincando la pseudociencia del invierno nuclear como un mérito de Carl Sagan, cuando es posiblemente el "debe" más enorme que puede hacerse a su carrera. La hipótesis del invierno nuclear nunca fue ciencia sino política, y encima política equivocada, dado que la carrera armamentística de Reagan que criticaba fue la que logró provocar el derrumbe de la URSS y acabar con la guerra fría.

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  • Francisco Ruiz |29. octubre 2014 07:59:31

    El invierno nuclear no es una pseudociencia, sino una conclusión científica. Pseudociencia (o pseudopolítica) es creer que fue Reagan quien hizo caer el telón de acero. Fue la modernidad que dejó anticuado un sistema caduco como el soviético. Digamos que La URSS cayó ¡¡a pesar de Reagan!! Éste sí entendía de pseudociencia, no obstante todas sus decisiones eran consultadas previamente con un "vidente".
    Es posible que Carl Sagan le venga demasiado grande a algunos. Para mi fue un MAESTRO a seguir, todo lo contrario de los Reaganes y Bushes que veo que gustan tanto a algunos.

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  • Joaquin Felix Rodriguez Bassecourt |03. noviembre 2014 08:35:22

    REFLEXIONES SOBRE EL INVIERNO NUCLEAR

    La caída de la Unión Soviética no vino determinada por la política de la administración Reagan, como afirman los enamorados y enamoradas del sistema capitalista, sino porque la Unión Soviética no poseía una economía socialista sino una economía burguesa sin burguesía.

    Una economía burguesa sin burguesía no puede funcionar mas que de forma muy deficiente, como funcionan también de forma muy deficientes aquellas economías burguesas en donde el nacimiento de la burguesía como clase, no ha sido el producto de un desarrollo orgánico de las fuerzas productivas, sino de una putrefacción burguesa de la sociedad aristocrática.

    Ello puede verse en el nivel de corrupción de la economía burguesa en las zonas del antiguo reino de Castilla, en donde salvo excepciones la monarquía de los Austrias destruyo en el siglo XVI el tejido social burgués, en tanto que el producto socioeconómico de la putrefacción burguesa de la sociedad aristocrática, se encargo de hacer inviable todas las reformas de la burguesía progresista desde las Cortes de Cádiz hasta la Monarquía fundada por Prim.

    La dictadura de Primo de Rivera, el régimen de Franco y la realidad sociocultural burguesa heredada del régimen de franco son la verdadera causa de la corrupción. La cual no es producto de la alianza entre el poder político y económico, sino del carácter parasitario de una burguesía que salvo en el caso de Cataluña, el País Vasco, en su núcleo fundamental como clase dirigente no ha sido el producto de una evolución histórica de una pequeña burguesía, que por sus actividades comerciales e industriales realiza una transformación progresiva de la economía poética preburguesa en economía burguesa desarrollada.

    Los gobiernos burgueses progresistas y revolucionarios surgidos a todo lo largo del siglo XIX, siempre fueron abatidos por una burguesía prutefacta y corrupta, basada en el desarrollo del capital usuario y que jamas apostó a nivel de negocios por la ciencia y la innovación científica y tecnológica, sino por el oscurantismo y el rastrero servilismo hacia una oligarquía agraria, que una vez perdido el imperio americano realizo una reforma agraria, cuyo objetivo era la formación de una oligarquía agraria burguesa, que impidiera que la burguesía progresista comercial e industrial pudiera desplazar del poder una oligarquía burguesa usuaria, oscurantista y que acaparaba el dinero publico en beneficio del dominio económico de esa oligarquía burguesa ligada a la corrupción, con la que la santa iglesia católica estaba muy satisfecha ya que le permita conservar sobre las almas del pueblo el casi absoluto poder de otras épocas.

    Es esta oligarquía burguesa fruto del producto de la historia de España a lo largo de los siglos XIX y XX a quien debemos el hecho de que España sea hoy Una Unidad de Destino en la Corrupción.

    Todas las leyes y reformas que se hagan estarán condenadas a fracasar, porque el tejido social de la burguesía española es un tejido social prutefacto. Un pueblo que tiene una burguesía prutefacta, no puede regenerar el tejido social en que le ha tocado vivir, pero eso hace falta una revolución.

    Pero estamos en un momento en que la burguesía Norteamérica, la burguesía alemana y todas las burguesías del mundo caminan hacia lo que hoy es la burguesía española, lo que nos sitúa ante el panorama de un invierno nuclear, pues una clase dirigente condenada a morir escogerá siempre la extinción de todo cuanto existe. Para ello basta con considerar la ciencia ficción actual, la cual es pesimista porque la producción cultural es el reflejo del producto social que la crea, las identidades individuales y colectivas burguesas.

    Esto hace que solo el triunfo de los alter egos de esas identidades, puede suponer una alternativa real al inevitable invierno nuclear que espera a la humanidad, si esta no pasa de una realidad social infrahumana situada por debajo del nivel de desarrollo de sus fuerzas productivas, a una realidad social humana en concordancia con el nivel de desarrollo de sus fuerzas productivas.

    Pero que nadie se llame a engaño ni Podemos, ni Izquierda Unida, ni Guayen, etc., van mas alla de una sociedad burguesa sin burguesía, por ello su sociedad es infrahumana y esta por debajo del nivel de desarrollo objetivo de las fuerzas productivas.

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