CIENCIAS NATURALES: Ciencias de la Vida

Entramos en el laboratorio de Gonzalo Giribet, en Harvard

El biólogo burgalés que redibuja el árbol del reino animal

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Es joven y tiene éxito en Harvard, donde dirige su propio laboratorio. Este especialista en gusanos escupidores de babas ha viajado por medio mundo recolectando ejemplares de animales invertebrados, que a través de su ADN, le revelan los pasos de la evolución.  Nos recibió en su despacho, donde además quiso enseñarnos una joya: el pene terrestre más antiguo conocido, perteneciente a un arácnido.

Pere Estupinyà | | 09 mayo 2015 08:00

<p>La especie de gusano que muestra Gonzalo Giribet en su laboratorio se llama <em>Onychophora</em>. Representa un grupo de animales que viven escondidos en el interior de troncos podridos de bosques húmedos, y han pasado los últimos 400 millones de años escupiendo pegajosas babas para atrapar a sus presas. / SINC</p>

La especie de gusano que muestra Gonzalo Giribet en su laboratorio se llama Onychophora. Representa un grupo de animales que viven escondidos en el interior de troncos podridos de bosques húmedos, y han pasado los últimos 400 millones de años escupiendo pegajosas babas para atrapar a sus presas. / SINC

Hace unos meses, Gonzalo Giribet (Burgos, 1970) pasó tres semanas recolectando insectos en medio de la selva amazónica. El punto más remoto lo alcanzó tras dos días enteros de viaje en barca, río arriba. Después, le tocó analizar los especímenes en el laboratorio de biología evolutiva que dirige en la Universidad de Harvard. Hablamos con él y nos enseña una sorpresa:

Ha viajado por Australia, Panamá, Sudáfrica, el Yucatán en México y el Amazonas brasileño, siempre buscando invertebrados

Este burgalés llegó a EE UU en 1997 como posdoc en el Museo de Historia Natural de Nueva York. En el año 2000, fichó como profesor asistente en Harvard. Ahora es catedrático y conservador de invertebrados en el Museo de Zoología Comparada de Harvard. Su contribución científica más importante la ha hecho dibujando las ramas que componen el árbol de la vida animal. Es joven, emprendedor y exitoso.

Giribet ha viajado por Australia, Panamá, Sudáfrica, el Yucatán en México y el Amazonas brasileño, siempre buscando invertebrados, tanto terrestres como marinos. En la expedición amazónica, su objetivo eran los arácnidos. “Eso incluye arañas, pero también opiliones o escorpiones”, aclara. “Este viaje lo financiaba National Geographic, porque querían encontrar varias especies descritas hace más de cuatro décadas a partir de dos o tres ejemplares, pero que no se habían visto de nuevo desde entonces”.

Y los encontraron. “Pudimos estudiar varias especies más, como una araña con unos pedipalpos enormes para transferir semen”. Los pedipalpos, explica el científico, “son los apéndices que salen en la frente de las arañas. Cambian muchísimo entre especies y tienen funciones muy diversas: actúan como defensa, pinzas, o aparato copulador, con el que el macho introduce una bolsita de semen en el cuerpo de la hembra”.

El Amazonas, un universo fascinante e inexplorado

En un momento de la conversación, Giribet muestra una imagen sobrecogedora. Es un mapa del Amazonas con los puntos donde hay estaciones de investigación. Para poder acceder a ellas, todas están pegadas al río, y los biólogos exploran un radio máximo de 5 a 10 kilómetros selva adentro alrededor de cada estación.

amazonas mapa gonzalo giribet

El mapa pone en evidencia que solo hemos explorado la biodiversidad de algunos rincones alrededor del río. Y, a pesar de eso, en cada expedición encuentran nuevas especies: “De aquella, me llevé dos onicóforos que creo que eran desconocidos”, confirma el biólogo. Eso significa que hay miles de kilómetros cuadrados de selva inexplorada con sorpresas que no podemos imaginar. Probablemente, si el Amazonas estuviera en EE UU y contara con el gabinete de prensa de la NASA, en los medios habría más noticias sobre biodiversidad y nuevas especies que sobre galaxias colisionando dentro de 4.000 millones de años.

Giribet es una referencia mundial en el estudio de los onicóforos, gusanos evolutivamente ‘hermanos’ de los artrópodos, pero que han cambiado poquísimo desde el Cámbrico, hace 400 millones de años. Resultan muy peculiares por sus intensos colores y su técnica de caza, que consiste en escupir tejido pegajoso. 

Cuando él y sus colegas de profesión encuentran estos especímenes tan peculiares… los matan. “Bueno, nosotros lo llamamos ‘preservarlos’. Pero sí, claro. Tenemos que extraer ADN, estudiar su morfología, etc.”, aclara. Lo hacen para conocer, catalogar y describir la biodiversidad que existe en la naturaleza, pero no solo eso: “También para estudiar la evolución de los organismos, entender el funcionamiento de los ecosistemas, y llevar a cabo estudios de geofísica o biogeografía; por ejemplo, ver cómo afecta el aislamiento o cambian las especies cuando las islas se separan”.

"Intentamos concienciar a las comunidades de la riqueza que tienen en su entorno”, dice Giribet

Aun así, suena extraño que, si algunas especies de onicóforos están desapareciendo, estos biólogos exploradores se lleven el ejemplar único que encuentran. Giribet responde: “Tranquilo, que la extinción no vendrá de un par de ejemplares que los científicos recolecten. El bosque es descomunal. Las grandes amenazas son la deforestación, la fragmentación del bosque y la biopiratería”.

La riqueza de las comunidades locales

Los investigadores de las grandes universidades y centros de EE UU y Europa que exploran los países en desarrollo de Asia, Latinoamérica o África sacan buen partido intelectual y práctico de su riqueza natural. Pagan sus cuotas, pero no está claro que eso genere un retorno suficiente en las sociedades locales. Giribet asegura que la situación ha mejorado: “Sí, esto está mucho más regulado ahora, no es como en la época de colonización, cuando se iba a destajo. Primero, cualquier espécimen que nos llevemos continúa siendo propiedad de las instituciones locales. Y además del desembolso económico, siempre trabajamos con centros del país que se benefician de esta colaboración. Impartimos cursos e intentamos concienciar a las comunidades de la riqueza que tienen en su entorno”.

Las sociedades indígenas, explica el biólogo, pueden aprovechar esta riqueza directamente con el ecoturismo, “pero también beneficia a sus centros de investigación, que están mejorando mucho. Algunos, como el Instituto Nacional de Pesquisas de Amazónia (INPA) están a la altura de las universidades estadounidenses, desarrollando verdadero talento científico con el que explorar los misterios que todavía oculta la selva”.

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Fósil de opilión, arácnido de 310 millones de años con el pene terrestre más antiguo que conocemos marcado con una P. / SINC

Una selva donde Giribet ha tenido sensación de peligro, allí en medio del Amazonas. “A veces ves pisadas recientes de jaguares, o estás caminando dentro del agua opaca y piensas: ‘¡Pero si aquí hay cocodrilos y serpientes de varios metros!’. De todas maneras, los grandes riesgos son virus o parásitos como el que provoca la leishmaniosis”.

Análisis de ADN sin perder el romanticismo

Lo que le ha convertido en un científico reconocido es su trabajo de análisis filogenético para establecer relaciones evolutivas entre especies animales. En el estudio de la evolución, hay quienes creen que el ADN está desplazando al análisis morfológico de fósiles. “En cierta manera, sí, porque es mucho más fácil. Ahora cualquiera puede reconstruir toda la clasificación evolutiva de las serpientes sin saber nada de ellas. Sin ni siquiera haberlas visto”. ¿Cómo es posible? “Basta con comparar pequeños cambios en genes muy conservados. Cuando más parecidos son esos genes, más cercanas evolutivamente están las especies, aunque morfológicamente parezcan más lejanas”.  

"Estamos viendo muchos casos de organismos que se simplificaron con la evolución”, asegura el biólogo

Giribet reconoce que vista así, la biología evolutiva pierde un poco de romanticismo. “¡Claro! Estos análisis de ADN no te dan ninguna información sobre las características del organismo. Para relaciones filogenéticas son perfectos, pero continúas necesitando los análisis morfológicos para entender funciones y comportamientos”. Entonces, si queremos saber qué ocurrió en el pasado, ¿mejor genes que fósiles? “Depende. Hay rasgos como la aparición de plumas, o tejido mamario o de piel, que son muy obvios. Pero cuando no hay manera de distinguir rasgos morfológicamente, los genes pueden ser muy importantes. Incluso darnos sorpresas”.

Gonzalo Giribet publicó en Nature en el año 2008 que los tenóforos, antepasados de las medusas, son el grupo animal más antiguo que existió sobre la Tierra y no las esponjas marinas, como se creía. “Todavía está en discusión. Por morfología parece que las esponjas eran más simples, pero los datos genéticos dicen que los tenóforos fueron anteriores. Puede parecer trivial, pero estamos viendo muchos casos de organismos que se simplificaron con la evolución”. Es decir, que no siempre avanzamos a mayor complejidad. De hecho, según él, “si sigue esta serie de descubrimientos, deberemos concluir que en el proceso evolutivo la simplificación es una adaptación mucho más habitual de lo que pensábamos. Y eso solo lo podemos constatar con análisis de ADN”.

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Imagen tridimensional en pantalla de ordenador del fósil de opilión con el pene marcado en verde. / SINC

Llega el fin de la conversación y es el momento de pedirle que muestre su tesoro: es un pene del que se siente orgulloso. En su despacho de Harvard, abre una imagen tridimensional en la pantalla de ordenador, señalando un apéndice en el abdomen de un arácnido. “Aquí está. Es un fósil de opilión de 310 millones de años, el pene terrestre más antiguo que conocemos. Tenemos opiliones anteriores, pero este debió de morir estando en faena”. Asegura que es un fósil relevante, aunque aún no lo ha hecho público en un artículo científico: “Al compararlo con los de otros grupos animales, este pene dará muchas pistas sobre el origen del órgano reproductor. No es como encontrar las primeras plumas en dinosaurios, pero casi”.

Zona geográfica: España
Fuente: SINC

Pere Estupinyà

Pere Estupinyà

Autor de 'El ladrón de cerebros'. Knight Science Journalism Tracker en el MIT y colaborador de SINC.

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