HUMANIDADES: Historia

30 años del accidente nuclear

Olor a guerra y miedo a lo invisible: las escalofriantes voces de Chernóbil

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En 2015, la periodista y escritora bielorrusa Svetlana Aleksiévich se convertía en la primera periodista ganadora del Premio Nobel de Literatura. Uno de sus libros más reconocidos es Voces de Chernóbil, que refleja los testimonios de decenas de afectados recogidos durante veinte años de trabajo. Este es un viaje por sus páginas cuando se cumplen tres décadas de la tragedia nuclear.

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Jesús Méndez | | 26 abril 2016 08:00

<p>María Semenyuk jugaba con un gato cerca de su casa en el pueblo desierto de Patryshev, a 25 km de la central nuclear de Chernóbil, Ucrania, en 2011. Más de 330 residentes se negaron a ser reubicados después del accidente nuclear de 1986 y se quedaron a vivir dentro de la zona de exclusión de 30 kilómetros alrededor de la planta contaminada. / Imagen: EPA / SERGUÉI Dolzhenko</p>

María Semenyuk jugaba con un gato cerca de su casa en el pueblo desierto de Patryshev, a 25 km de la central nuclear de Chernóbil, Ucrania, en 2011. Más de 330 residentes se negaron a ser reubicados después del accidente nuclear de 1986 y se quedaron a vivir dentro de la zona de exclusión de 30 kilómetros alrededor de la planta contaminada. / Imagen: EPA / SERGUÉI Dolzhenko

El 26 de abril de 1986, en mitad de la noche, Liudmila Ignatenko oyó un ruido y despertó. Al mirar por la ventana vio a su marido salir de la casa y le oyó decir:

Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Volveré pronto.

La central era la central nuclear de Chernóbil, y esa noche se produjo la explosión en su cuarto reactor. Su marido, bombero, le dijo algo cierto: había un incendio y él iba a ser de los primeros en acudir a sofocarlo. A la vez también mintió, porque ya nunca regresó.

Al día siguiente, junto con el resto de compañeros que sobrevivieron, fue trasladado a un hospital de Moscú. Liudmila averigua el nombre del hospital y viaja hasta allí para estar con él, pero los supervivientes ‘arden’ de radiactividad y los médicos desaconsejan las visitas, más aún si son mujeres jóvenes y pueden estar o quedarse embarazadas.

Ella oculta su embarazo, soborna a algunas empleadas y pasa todo el tiempo que puede con él. Aun así le dicen:

No debe usted olvidar que lo que tiene delante ya no es un marido, un ser querido, sino un elemento radiactivo con un gran poder de contaminación. No sea usted suicida. Recupere la sensatez.

Pero les ignora. Aunque lo colocan en una cámara hiperbárica, aunque usan instrumentos a distancia para evitar acercarse, ella duerme con él.

A los pocos días el marido muere. Dos meses más tarde ella da a luz a una niña con cirrosis y un defecto en el corazón. Apenas sobrevive cuatro horas. Cuenta que en su hígado había 28 roentgen de radiactividad y que los médicos no se la quieren dar. Reacciona así:

¿Cómo que no me la vais a dar? ¡Soy yo quien no os la voy a dar a vosotros! ¡La queréis para vuestra ciencia, pues yo odio vuestra ciencia! ¡La odio! Vuestra ciencia fue la que se lo llevó y ahora aún quiere más. ¡No os la daré!

*

Lo anterior es un resumen del primer capítulo de Voces de Chernóbil, el libro de testimonios sobre la tragedia escrito por Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura en 2015.

Con la ciencia de fondo borroso, los (en muchas ocasiones brutales) testimonios humanos, la falta de información, la psicología rusa, los entresijos del comunismo y, sobre todo, la amenaza invisible y latente de la radiactividad, pululan por un libro que funciona como una grabadora polifónica.

A pesar de tratarse de un accidente civil, casi todos los testimonios hablan de “una guerra”

Si Truman Capote presumía de recordar “el 96% de sus conversaciones”, Aleksiévich no duda en calificarse como un “oído humano”. Un oído que más que datos parece registrar tonos. Los de las mujeres, los soldados, los científicos, algún político, los miembros de las distintas asociaciones, los evacuados, los pocos que retornaron, los niños.

Al hojear el libro, compuesto por capítulos de coros y monólogos, uno se pregunta cómo transcribir todos esos testimonios si la autora solo usa su propia voz en un breve segundo capítulo. Cómo habrá sido su proceso para filtrar, ordenar, para componer desde su teórica invisibilidad. Seguramente, en ese collage de entrevistas hay una voz por encima de cada voz, pero apenas se hace evidente; cada testimonio adopta la misma altura.

Coros de voces horizontales y semianónimas recogidas durante 20 años describen lo que allí vivieron (y muchos siguen viviendo), y de ellas sobresalen las comparaciones con la guerra, el miedo y la temeridad ante un enemigo invisible; el tema del héroe y la víctima; la historia de un pueblo que busca en el pasado explicaciones a lo que Aleksiévich llama “una crónica del futuro”.

Un accidente civil teñido de guerra

Ya habían ocurrido Hiroshima y Nagasaki, pero cómo compararlos con Chernóbil. La explosión del reactor provocó niveles de radiactividad cientos de veces superiores a los de las bombas atómicas. Aquellas habían sido lanzadas deliberadamente, con devastadores efectos inmediatos. Esto era distinto, lo llamaban “el átomo para la paz”.

Sin embargo, ante la ausencia de referencias para explicarlo, casi todos los testimonios hablan de “una guerra”. Los rusos tiran de su pasado reciente (la II Guerra Mundial, las constantes revueltas entre las repúblicas de la entonces Unión Soviética) y no encuentran sino paralelismos: a pesar de tratarse de un accidente civil, es el ejército, armado incluso con tanques, quien acude a ocupar la zona; miles de personas son evacuadas, convirtiéndose así en refugiadas; empiezan, poco a poco, a acumularse las bajas; hay un vacío de información y el Gobierno minimiza la catástrofe.

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Unas 600.000 personas participaron en las labores de descontaminación. Se llamaron los 'liquidadores', apenas estaban informados de los riesgos y no llevaban la protección adecuada. En la imagen, unos hombres limpian la zona el 24 de mayo de 1986. / EFE

En plena guerra fría, acusan a los países capitalistas de inventar una tragedia y entre medias desatienden consejos básicos, como repartir pastillas de yodo para prevenir el cáncer de tiroides, uno de los más relacionados con la radiación. No es de extrañar el paralelismo: aun sin enemigo, Chernóbil desprendía olor bélico.

A pesar de ello, según Aleksiévich, “para aquellos que estuvieron allí, Chernóbil no terminaba en Chernóbil. Y estos hombres no regresaron de una guerra, sino se diría que de otro planeta”. Un planeta del futuro.

Pero por entonces no se veía así. Para el exdirector del Instituto de Energía Nuclear de Bielorrusia: “Se debía hablar de física. Y, en cambio, se hablaba de enemigos. Se buscaba al enemigo”.

“Este miedo [a la radiación] no lo conozco. A quien temo es a los hombres. A la gente armada”, decía una superviviente

El riesgo invisible

A menos que se sobrevolara o se entrase en la central, la radiación no dejaba marcas físicas, no quemaba, era invisible.

Una residente de la zona preguntaba a Aleksiévich: ¿Y cómo es? Puede que se la hayan enseñado en el cine. ¿Usted la ha visto? ¿Es blanca o cómo? ¿De qué color?

Algunos vivían con el miedo de la amenaza constante: la dosis recibida, los posibles efectos acumulándose pero aún por aparecer. Pero para muchos otros la invisibilidad minimizaba o anulaba el riesgo. Algunos se resistieron a abandonar sus casas y volvieron a ellas tras ser evacuados. El Gobierno acabó permitiendo a más de 300 de ellos, todos mayores de 50 años, residir en la zona de exclusión.

Uno de ellos, consciente del riesgo, decía: Por envenenada que esté, con toda esta radiación, es mi tierra. Ya no hacemos falta en ninguna otra parte. Hasta los pájaros prefieren sus nidos.

Otra desplaza la atención hacia una amenaza distinta, constante en su memoria: Este miedo [a la radiación] no lo conozco. A quien temo es a los hombres. A la gente armada.

Los liquidadores: héroes o víctimas

Hasta 600.000 personas llegaron a colaborar en las labores de descontaminación de la zona de Chernóbil. Eran los llamados ‘liquidadores’. Una mayoría procedían del ejército, pero en última instancia terminaron siendo una amalgama de militares, militantes (y no militantes) comunistas obligados por el partido, y voluntarios en general muy bien pagados.

Apenas fueron informados de los riesgos, no tenían protección adecuada y las mediciones de radiactividad que se les practicaban en muchas ocasiones se trucaban o directamente se les ocultaban. Las estadísticas fluctúan inconcebiblemente según los estudios, pero la principal organización de liquidadores estima que 60.000 han fallecido y más de 150.000 se encuentran discapacitados. Tras el desastre, les llovieron las condecoraciones.

Algunos se negaron a marcharse: “Por envenenada que esté, con toda esta radiación, es mi tierra”

¿Fueron héroes o víctimas? ¿Se puede hacer una clara distinción?

Un liquidador: Yo no vi héroes allí. Locos sí que vi, gente a la que le importaba un rábano su vida.

Un soldado: ¿Y si nos llevan a Chernóbil? Y sonó la orden: ¡A callar! Las expresiones de pánico serán juzgadas por un tribunal militar como en tiempo de guerra.

El vicepresidente de la asociación Escudo para Chernóbil habla de los liquidadores, gente anónima que vio en aquel momento la oportunidad de trascender:

Un día discutí con uno. El hombre me quería demostrar que una actitud como aquella se explicaba por el poco valor que le damos a la vida. Que era cosa de nuestro fatalismo asiático. (...) Es la añoranza de un papel. Hasta entonces era una persona sin texto; un figurante. Y aquí de pronto se convierte en el personaje principal. ¿Qué es nuestra propaganda? Le proponen a uno morir para dar un sentido a su vida.

Aleksiévich parece en un momento deslizarse hacia la protesta y la identificación de los culpables políticos, pero inmediatamente amplía el foco. Muestra la historia como una sucesión de hechos de desidia, de traslado de responsabilidades.

El exdirector del Instituto de Energía Nuclear: No, no eran una pandilla de criminales. Más bien nos encontramos ante una combinación letal de ignorancia y corporativismo.

Pero, ante todo, siguen planeando el futuro.

Una pediatra hablaba así de los niños: Corren por las salas del hospital uno tras otros y gritan: ¡Soy la radiación! ¡Soy la radiación!

Un soldado: Regreso a casa. Voy al baile. Me gusta una chica. Me presento. Soy tal. ¿Cómo te llamas?

-Para qué. Si ahora eres de los de Chernóbil. ¡Cualquiera se casa contigo!

Y los niños, la encarnación de ese futuro. Los más sensibles a la radiación.

Una pediatra: ¿Y sus juegos? Corren por las salas del hospital uno tras otros y gritan: ¡Soy la radiación! ¡Soy la radiación! Cuando mueren, ponen unas caras de tanto asombro. Parecen tan perplejos.

El futuro presente

Aleksiévich trata de permanecer ajena al baile de cifras que diversos estudios ofrecen sobre las víctimas. Prefiere la visión de la gente y su realidad. En el único capítulo en que alza su voz dice: Este libro no trata sobre el mundo de Chernóbil. Sobre el suceso mismo se han escrito ya miles de páginas y se han sacado centenares de miles de metros de película. Yo, en cambio, me dedico a lo que denominado la historia omitida.

Esa historia llega hasta hoy. En una página de internet se ofrecen excursiones a Chernóbil, asegurando que “durante dos días en la zona, el cuerpo humano recibe dosis de radiación equivalentes a una radiografía en el hospital o un vuelo intercontinental”.

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Una turista en un viaje organizado a Chernóbil, 2011. / D. Markosian

En el epílogo del libro, Aleksiévich recoge recortes similares de periódicos bielorrusos. Dicen: “La experiencia no tiene punto de comparación con un viaje a las islas Canarias o a Miami. (…) El turismo nuclear goza de gran demanda, sobre todo entre los turistas occidentales. La gente viaja al lugar en busca de nuevas y poderosas impresiones. Sensaciones que es difícil encontrar en el resto del mundo, ya tan excesivamente acondicionado y accesible al hombre. La vida se vuelve aburrida. Y la gente quiere algo eterno”.

No es difícil imaginar a Aleksiévich, resignada, pensando que el futuro ha encontrado su tiempo.

El inconcebible baile de números

No es sencillo calcular el número de víctimas causadas por el accidente. Los efectos a largo plazo, el que no exista un marcador que permita identificar si es la radiación la causa de la enfermedad o el aumento progresivo en el número de casos de cáncer solo por el hecho de las mejoras en el diagnóstico, dificultan enormemente las estimaciones. El paisaje que ofrecen los informes es desconcertante. Estos son algunos:

El informe UNSCEAR del comité científico de las Naciones Unidas asigna menos de 50 muertes seguras como consecuencia directa de la radiación. Estima que esta causará al menos 6.000 casos de cáncer de tiroides, pero que no provocó un problema de salud pública.

Los informes del Fórum de Chernóbil, en los que participó la Organización Mundial de la Salud (OMS) fueron aumentando el número de muertes por cáncer atribuidas hasta las 9.000. El número de casos de cáncer de tiroides entre niños y jóvenes lo estima en alrededor de 5.000, de los cuales hasta el 99% sobrevivirá. En global afirma que el principal problema está en las repercusiones sobre la salud mental y sostiene que “los mitos y las ideas equivocadas que aún persisten sobre la amenaza de la radiación han generado un “fatalismo paralizador” entre los residentes en las zonas afectadas”.

Un informe de Greenpeace, sin embargo, cifra en hasta 200.000 las muertes atribuibles al accidente, de las cuales solo la mitad se deberían a casos de cáncer. El informe fue criticado por basarse en extrapolaciones incorrectas y por no considerar el aumento de casos de cáncer como consecuencia directa de la mejora en los diagnósticos.

El informe TORCH, realizado a petición del Partido Verde Alemán, cifra en 30.000-60.000 las muertes por cáncer debidas a la radiación.

El informe de la sección alemana de la IPPNW, siglas de la Asociación de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear, es profundamente crítico con respecto a los de las Naciones Unidas y la OMS, a quienes acusa de “manipular sus propios datos”.

Zona geográfica: Europa
Fuente: SINC

Comentarios

  • Joaquin Felix Rodriguez Bassecourt |03. mayo 2016 14:42:51

    Lo ocurrido Chermóvil es semejante a lo ocurrido en Fukushima, siendo su verdadera razón una consecuencia de la irracionalidad sociocultural.

    Con la ventaja a favor de Japón que estos conocían las limitaciones y contradicciones de la sociedad burguesa con burguesía en la que vivían, en tanto que los soviéticos no sabían que vivían en un sociedad burguesa sin burguesía.

    Nosotros vivimos en sociedades democráticas con burguesía donde la democracia y los ciudadanos se han de someter a la dictadura de clase de la burguesía, siendo todo el conjunto de derechos democráticos y sociales de los que disfrutamos un mecanismo sociocultural que además de optimizar el funcionamiento de la sociedad, cumple la muy meritoria tarea de justificar legitimar y hacer aceptable el dominio totalitario de las identidades individuales y colectivas burguesas, las cuales son socialmente reproducidas por las relaciones sociales de producción burguesas con burguesía.

    En una sociedad burguesa sin burguesía donde el dominio totalitario que las identidades individuales y colectivas burguesas ejercen sobre la maquinaria sociopolítica burguesa sin burguesía, esto implica que estas mismas identidades sean incapaces de reconocer la realidad social que gobiernan pues sin esta auto mutilación social de los propios gobernantes, estos no podrían ni mantener la cohesión interna que necesitan para gobernar ni imponer sobre la conciencia individual y colectiva la ficción sociocultural de ser una sociedad socialista en transición hacia el comunismo.

    El socialismo y comunismo exigen para materializarse superas las ficciones caritativas de los limosneros socialdemócratas de la burguesía, así como de los pseudosocialismos y pseudocomunismos burgueses sin burguesía de las sociedades burguesas sin burguesía que de forma pseudocientífica son identificadas como sociedades socialistas o comunistas.

    Es lógico que quienes viven en las ficciones socioculturales burguesas con o sin burguesía no sean capaces de dominar la maquinaria social en la que viven, pero el problema no proviene ni de la ciencia ni de la tecnología sino de la alienación en identidades individuales y colectivas burguesas, que han de ser sustituidas por identidades individuales y colectivas capaces de conocer la realidad social en la que viven.

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