En tiempos de Jaume I, el Sol y la Luna regalaban el espectáculo mágico de los eclipses solares totales tan solo a las personas con más suerte. En 1239, el monarca fue testigo de un eclipse total de cinco minutos que, años después, mencionó en sus memorias.
Observar el sol durante el eclipse no es más peligroso per se que hacerlo en un día normal. Pero hay una diferencia clave: en un día soleado, contemplar directamente al astro rey nos molesta y apartamos la mirada, mientras que durante el eclipse la intensidad luminosa es mucho menor, por lo que nuestro cerebro ordena a nuestra pupila dilatarse para ver mejor.