Suscríbete al boletín semanal

Recibe cada semana los contenidos más relevantes de la actualidad científica.

Si estás registrado

No podrás conectarte si excedes diez intentos fallidos.

Si todavía no estás registrado

La Agencia SINC ofrece servicios diferentes dependiendo de tu perfil.

Selecciona el tuyo:

Periodistas Instituciones
Si estás registrado

No podrás conectarte si excedes diez intentos fallidos.

Si todavía no estás registrado

La Agencia SINC ofrece servicios diferentes dependiendo de tu perfil.

Selecciona el tuyo:

Periodistas Instituciones

El día que la Tierra se tiñó de rojo

Se cumplen 155 años de la gran tormenta solar de 1859. / SINC

En la mañana del 1 de septiembre de 1859 el astrónomo aficionado Richard Carrington subió a su observatorio a las afueras de Londres y observó lo que describió como "dos parches de luz intensamente brillante y negro". Sin saberlo había presenciado la mayor erupción solar de la que se tiene constancia. Cinco minutos más tarde desaparecieron, pero en cuestión de horas su impacto se sentiría por todo el globo.

Un día después, el Southern Cross, un veloz clíper de tres mástiles y 170 pies, lidiaba con un temporal frente a las costas de Chile. Cuando la tormenta cedió, los marineros pensaron que estaban navegando sobre un océano de sangre. Al levantar la vista observaron que todo el cielo estaba bañado de rojo.

Se trataba de una aurora austral, un fenómeno nada frecuente en la latitud en la que se encontraba el navío. No fue, ni mucho menos, la única consecuencia de aquella tormenta. El fenómeno provocó el fallo de los sistemas de telégrafo en toda Europa y América del Norte. Se vieron intensas cortinas de luz, desde Maine hasta Florida. Incluso en Cuba los capitanes de barco registraron en los cuadernos de bitácora la aparición de luces cobrizas cerca del cenit.

En aquella época los cables del telégrafo, invento que había empezado a funcionar en 1843 en los Estados Unidos, sufrieron cortes y cortocircuitos que provocaron numerosos incendios, tanto en Europa como en Norteamérica. Se observaron auroras en zonas de latitud media, como Roma o Madrid.

Si el evento –conocido por los especialistas como tormenta de Carrington– no tuvo consecuencias brutales fue debido a que nuestra civilización tecnológica todavía estaba en sus inicios: si se diese hoy los satélites artificiales dejarían de funcionar, las comunicaciones de radio se interrumpirían y los apagones eléctricos tendrían proporciones continentales y los servicios quedarían interrumpidos durante semanas.

Según los registros obtenidos de las muestras de hielo, una fulguración solar de esta magnitud no se ha producido en los últimos 500 años, aunque se producen tormentas solares relativamente fuertes cada cincuenta años, la última el 13 de noviembre de 1960.

Fuente: SINC
Derechos: Creative Commons
Creative Commons 4.0
Puedes copiar, difundir y transformar los contenidos de SINC. Lee las condiciones de nuestra licencia
Queremos saber tu opinión