La única posibilidad de defensa contra las armas químicas eran las máscaras antigas. Ante la imposibilidad de llevarlas siempre se investigó con varios animales hasta que el norteamericano Paul Bartsch descubrió que las babosas detectan el gas mostaza en el aire mucho antes de que los humanos.
Así, las babosas formaron parte del equipo de campaña de los soldados estadounidenses desde junio de 1918. / Archives of American Art