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Antonio Elorza, sobre el setenta aniversario del final de la Guerra Civil

“Se confirma la culpabilidad de las potencias democráticas en torno a la no-intervención”

La Guerra civil, setenta años después de su fin, ha sido objeto de atención de eruditos e historiadores en un congreso que tuvo lugar en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense, en Somosaguas. Conversamos sobre aquellos trágicos acontecimientos con el director del congreso, Antonio Elorza

Antonio Elorza, catedrático de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid.

¿Qué destacaría usted como principales aportaciones de este congreso?

Lo primero, recibir la síntesis de la investigación de Ángel Viñas. Es una maravilla oírle describir con toda lucidez cual era la lógica que había llevado a la guerra. Es decir, cuál había sido la lógica de la sublevación. Cuál había sido la dinámica de la represión y probar su hipótesis de que es una crisis provocada por un golpe contrarrevolucionario de extrema intensidad que condiciona ya la victoria miliar.

Por otra parte está la victoria militar. ¿Por qué esto va adelante? Hay elementos para ganar la guerra desde un primer momento, con la disolución del ejército de la República, pero sobre todo, porque contaron con una variable externa: una enorme ayuda exterior. Yo pensaba que eran unas cifras menores, pero fueron casi doscientos mil hombres, entre 80.000 italianos, 20.000 alemanes y luego 60.000 o 70.000 moros. Son unas cifras enormes y lo que es más importante, también colaboran. Viñas tiene pruebas de que también hubo aviones italianos bombardeando Guernica. Constantemente ofrece datos nuevos. Gracias a esas investigaciones, lo que tradicionalmente veníamos diciendo todos sobre la culpabilidad de las potencias democráticas, en torno a la no-intervención, se confirma y se acentúa. Porque él ha descubierto en estos legajos desclasificados del Public Record Office, los archivos ingleses, que los ingleses interceptaban las comunicaciones de los unos y de los otros, es decir, de los alemanes, de los rusos y los italianos. Entonces sabían perfectamente, día a día, lo que estaba mandando y lo que estaba haciendo Italia. Es decir, no se trataba de ninguna ingenuidad. Habían decidido abandonar a la República, aunque en ese momento la identificación de las potencias fascistas era espectacular. Esto yo creo que era una visión muy clara y por eso le pedí a Ángel que hiciera un libro resumen de su obra, para que se convirtiera en una interpretación canónica de lo fundamental de la guerra.

Luego, también fue muy interesante la intervención de Julio Aróstegui, muy puntual, con relación al papel individual de los distintos dirigentes socialistas en la crisis de 1937. Ya por la tarde, la intervención del profesor Ricardo Miralles, que fue el organizador de la estupenda exposición sobre Negrín hace un par de años en Madrid. Daba una visión más general y una interpretación muy verosímil, de por qué los comunistas no nombran a Negrín -que no es el instrumento de los comunistas- pero tenían ya con él unos contactos que le hacían, en el relativo desierto de cuadros valiosos del Partido Socialista, un interlocutor preferente. Por la tarde también hubo una brillantísima intervención de Soledad Fox Mauder, profesora de Estados Unidos, que hizo una preciosa investigación sobre la enorme sensibilidad que tuvo la sociedad americana, hasta casi el vértice del poder. Porque Eleanor Roosevelt, la mujer del Presidente Roosevelt, o personas como el Secretario de Estado eran sensibles hacia el problema español, pedían que al menos no hubiera un embargo como el que había para el envío de armas hacia España. El embajador Bowers, también. Es autor de un magnífico libro, Misión en España, y, a pesar de ese cerco de racionalidad, imperativos de política interior, del voto católico y de grupos de presión muy eficaces bloquearon con numerosas confiscaciones oportunas toda la posibilidad de que Roosevelt –que reconoció más tarde que había cometido un error- dejase de jugar un papel importantísimo ayudando a la República. Porque los otros no tenían problemas de abastecimiento, pero la República sí.

Con setenta años de perspectiva, ¿qué queda por saber de la Guerra Civil Española? Porque se han abierto archivos, se ha descubierto información que era desconocida… Hoy por hoy, ¿qué enigma permanece irresoluble?

Enigmas yo creo que no hay, hay problemas. En el caso ruso, los archivos de Stalin se han abierto con cuentagotas. Ahí está una clave de determinadas cosas que no sabemos, y que no vamos a poder saber. Los archivos anarquistas se han abierto también. Curiosamente, al principio hubo una enorme pasión por estudiar el anarquismo en la Guerra Civil. El profesor Julián Casanova comenzó por ahí, y ha hecho trabajos muy valiosos, pero luego se dedicó a otros planteamientos. El estado de las colectividades anarquistas, el papel de la violencia anarquista, que está estudiando Rafael Cruz... O sea, quedan todavía huecos, espacios por delimitar. Yo creo que la actitud del franquismo es, en líneas generales, bastante conocida. Todo lo confirma. Eso lo planteó Viñas y yo insistí más tarde, porque me parece que es una pregunta que la gente no se hace: ¿por qué esa enorme violencia?

Quizás porque, como se ha dicho alguna vez, los sublevados eran conscientes de que dentro de su poder ofensivo eran minoritarios, y quisieron imponer el terror como forma de paralizar la resistencia contraria.

Esa es la parte que es cierta. Pero luego yo creo que hay una voluntad de exterminio que es excesivo, desde el primer momento. Un republicano de toda la vida como el general Queipo de Llano se presenta en Sevilla y dice: ”El que no se adhiera se le suprime”.

Incluso ahora que habla usted de Queipo, dando lugar a venganzas por antiguos asuntos. La rivalidad que tenía con el general Burguete que le costó la vida a uno de sus hijos, como sabe usted…

Es toda una orgía de sangre. En estas jornadas yo quería comenzar, por una lado, por la clasificación histórica y por otra, volver sobre este tema, del auto del juez Garzón sobre la calificación de la guerra. Claro, la gente se da una respuesta fácil: no se arreglan las cosas por vía judicial. Y sí se arreglan, porque si tú declaras que eso fue un genocidio, un crimen contra la Humanidad, no pueden ponértelo en un libro de texto de los santos padres claretianos. Y si en cambio, dejas la cuestión abierta, en toda la enseñanza privada lo que va a prevalecer es la visión de los vencedores. No es neutro. Tampoco es cierto que hayan muerto todos. Han muerto los de la guerra. Pero si se abre el tarro, llegamos a Grimau y a don Manuel Fraga Iribarne. E insisto, esto técnicamente es un genocidio. Porque, ya antes, Franco dice lo que va a hacer, y lo que define un crimen contra la humanidad es la premeditación. Es como diferenciar entre el asesinato y el homicidio. Franco dice: ”Aquí hace falta hacer una operación quirúrgica”.

Se ha dicho que el general Franco prolongó a propósito la guerra, en aras de esa labor a la que él se creía llamado, de limpieza, de Cruzada contra elementos que consideraba “indeseables” en la futura España Nacional. ¿Hasta que punto esto fue así?

Yo creo que es más bien una concesión de una guerra pegada a la Primera Guerra Mundial, una concesión, como la que tenían los militares matarifes de la Primera Guerra Mundial. Porque es absurdo. Si Franco llega a conquistar Cataluña, se había acabado la guerra. Y si se trataba de cazar a la gente, en el 36 cazaba muchísimo más, porque la gente no era tan consciente de lo que se le venía encima. En el 39 todo el mundo trató de escapar. Pero en el 36 hubiera habido gente que no hubiera intentado escapar. No se hubieran escapado todos los que salieron por Cataluña. Lo que si es cierto es que el frente de Aragón era muy débil.

Muy brevemente, ¿por qué perdió la República la guerra?

Porque tenía que perderla. Es decir, la República comenzaba la guerra con una enorme inferioridad, teniendo que organizar un ejército, y organizarlo con un componente humano que acababa de oponerse a un ejército. Y con una corriente muy fuerte de potencial militar que eran los anarcosindicalistas que, por su propia esencia, iban en contra de ello. Por eso decían:”A los moros que los mate Cristo”. Eso lo cuenta García Oliver, el gran teórico de la FAI (Federación Anarquista Ibérica) en sus memorias. O decían: “Vamos a montar aquí una gran columna”. Y los sindicatos respondían: “No, nuestros hombres son necesarios en la retaguardia”. Entonces, le envían unos chavales que al primer día le piden la merienda, y a los tres días le dicen “adiós”. Así que este planteamiento es muy difícil para la República. Cuánto podía haber hecho el ejército, porque el otro en sí era un ejército débil, a excepción de la Legión, los regulares y los carlistas. Pero claro, por un lado están 34.000 brigadistas internacionales que vienen con lo puesto. Por otra, 200.000 soldados perfectamente armados, con pertrechos y armamento. Yo creo que está claro, no podían ganar de ninguna manera.

Fuente: UCM
Derechos: Creative Commons

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