Aunque el frío no origina infecciones por sí mismo, sí crea un entorno favorable para la circulación de los virus respiratorios y puede debilitar las defensas nasales. A esto se suma que pasamos más tiempo en espacios cerrados y con poca ventilación, lo que aumenta las posibilidades de transmisión.
“Abrígate, que luego coges frío y te enfermas”. Quien no haya escuchado esta advertencia alguna vez en su vida, probablemente no tuvo abuela. La idea de que el frío “causa” resfriados y gripes está arraigada en la cultura popular, pero la evidencia científica dibuja un panorama más matizado. La respuesta corta es que la baja temperatura en sí no provoca catarros; la larga es más interesante: puede facilitar que enfermemos, aunque no sea la causa directa.
Pasar frío de forma intensa o prolongada sí puede tener consecuencias para la salud —como hipotermia, contracturas musculares, empeoramiento de dolores articulares o agravamiento de enfermedades cardiovasculares en personas vulnerables—, pero eso no es un resfriado ni una neumonía. Salir sin abrigo, mojarse bajo la lluvia o pisar un suelo frío no introduce patógenos en el organismo. Y para que exista una infección respiratoria hace falta un agente infeccioso.
“El frío te enfría, pero no te resfría”, resume a SINC Roi Piñeiro, pediatra en el centro de salud Cerro del Aire, en Majadahonda, y vocal de la Sociedad Española de Infectología Pediátrica (SEIP).
Resfriados, gripes y la mayoría de las infecciones respiratorias están causadas por virus —como rinovirus, virus de la gripe, coronavirus, adenovirus o el virus respiratorio sincitial (VRS)— y, en menor medida, por bacterias, que suelen provocar cuadros más graves. Se conocen más de 200 virus distintos capaces de causar un catarro común, que se transmiten entre personas a través del aire y del contacto cercano.
La clave está en que, aunque el frío no crea virus ni bacterias, sí modifica el contexto biológico, ambiental y social en el que se transmiten, aumentando nuestra susceptibilidad a la infección y dando lugar a un patrón estacional bien conocido y estudiado. Así, virus respiratorios como el de la gripe, el VRS o los coronavirus circulan con mucha más intensidad durante el invierno de las regiones templadas del planeta, mientras que su actividad disminuye en verano.
Ese patrón, sin embargo, no es uniforme. “Los diferentes virus del resfriado y la gripe alcanzan su punto álgido en distintos momentos del invierno”, explicaba recientemente a The Guardian John Tregoning, profesor de inmunología de vacunas en el Imperial College de Londres. Según detallaba, el rinovirus suele dispararse cuando los niños regresan al colegio y se facilita la transmisión en las aulas, mientras que el VRS —especialmente relevante para bebés y personas mayores— alcanza su pico alrededor de Año Nuevo.
Tregoning coincide con Piñeiro en que el factor determinante no está en la temperatura, sino en cómo cambia nuestra forma de vivir durante los meses invernales. “Pasamos más tiempo en espacios cerrados, con menos ventilación, y eso facilita mucho la transmisión de los virus que causan los catarros y la gripe”, recalca el pediatra. “Todo lo demás puede influir, pero es menos importante que estar reunidos bajo el mismo techo y con menos ventilación”.
A estos cambios de comportamiento se suman los factores ambientales. Diversas investigaciones han demostrado que el frío y la baja humedad favorecen la supervivencia de los virus y prolongan el tiempo durante el que permanecen infectivos.
Estudios realizados en Estados Unidos han mostrado, por ejemplo, que virus como el de la gripe o el SARS-CoV-2 (causante de la covid) sobreviven más tiempo y mantienen mejor su capacidad infectiva en ambientes fríos y secos. Además, en estas condiciones, las gotas respiratorias expulsadas al toser o estornudar acaban formando partículas más pequeñas que permanecen suspendidas en el aire durante más tiempo, aumentando la probabilidad de que otras personas las inhalen.
El frío también afecta a las defensas locales de la nariz, principal puerta de entrada de los virus respiratorios. Su mucosa constituye la primera línea de protección frente a los patógenos transportados por el aire. Esta llamada “barrera defensiva de las vías respiratorias” combina mecanismos mecánicos —como el movimiento del moco— con respuestas de la inmunidad innata, en las que participan anticuerpos como la inmunoglobulina A (IgA) y enzimas antimicrobianas como la lisozima.
Al inhalar aire frío, desciende la temperatura en la nariz y las vías respiratorias, lo que provoca vasoconstricción —el estrechamiento de los vasos sanguíneos— y reduce el flujo sanguíneo en la mucosa nasal. Mientras en condiciones térmicas neutras y confortables la inmunidad respiratoria se mantiene más estable, este proceso puede debilitar las respuestas inmunes locales que normalmente ayudan a detectar y eliminar los virus.
Según explica Piñeiro, “el frío puede aumentar la sequedad de la mucosa nasal, y el moco es un factor protector frente a las infecciones”. Cuando esa barrera se altera, añade, “hay menos inmunoglobulina A en las mucosas, lo que puede facilitar la entrada de algunos virus”.
De hecho, diversos estudios constatan que un ambiente frío reduce el movimiento del moco, la producción de IgA o la actividad de la lisozima. También afecta a un mecanismo defensivo descrito en The Journal of Allergy and Clinical Immunology. Investigadores de las universidades de Harvard, Northeastern y El Cairo demostraron que la mucosa nasal libera unas vesículas —como “burbujas” microscópicas— cargadas de componentes con actividad antiviral. La exposición al frío, sin embargo, reduce tanto la cantidad de vesículas como su carga antiviral, lo que ofrece una explicación adicional de por qué nuestras defensas nasales funcionan peor en invierno.
También influye, aunque de forma más marginal, otra interacción de los gérmenes con el entorno. En verano, por ejemplo, la mayor exposición a la luz ultravioleta puede inactivar partículas virales. Estornudar al aire libre en un día soleado las expone a la radiación solar y favorecer su desecación, reduciendo su capacidad infectiva.
En cambio, ciertos virus presentan una mayor estabilidad en ambientes fríos gracias a su propia estructura: “algunos virus con cápside [una envoltura protectora], como los rinovirus o los coronavirus, pueden mantenerse mejor con el frío que con el calor”, señala Piñeiro.
Por último, el impacto del frío no es igual para todo el mundo. “En algunas personas el sistema inmunitario puede funcionar un poco peor o responder más lentamente con las bajas temperaturas”, explica el especialista. Por ejemplo, como han demostrado investigadores finlandeses, quienes padecen asma o rinitis alérgica son especialmente sensibles al frío, que puede intensificar sus síntomas respiratorios cuando se producen infecciones.
En conjunto, la ciencia no respalda la idea de que “coger frío” cause resfriados o gripes. Más bien, el frío actúa como un amplificador del riesgo: favorece la supervivencia de los virus, facilita su transmisión y puede debilitar las primeras líneas de defensa del organismo. No crea la enfermedad, pero, si el virus llega, encuentra la puerta un poco más abierta.
Comprender esta distinción tiene también implicaciones prácticas. Añadido a medidas eficaces para prevenir infecciones, como la vacunación contra virus como la gripe o el VRS, “mejorar la ventilación interior y mantener una humedad adecuada durante el invierno puede reducir el riesgo de transmisión”, subraya Manal Mohammed, profesora de microbiología médica y codirectora del grado en ciencias médicas de la Universidad de Westminster, en un artículo publicado en The Conversation. A su juicio, “los mensajes de salud pública son más eficaces cuando se centran en cómo se propagan los virus, en lugar de reforzar el mito de que la exposición al frío por sí sola causa enfermedades”.
Al final, las abuelas no van del todo desencaminadas. Aunque no vaya a detener a los virus, abrigarse —ya sea con una rebequita o un plumífero— no solo protege frente a otros riesgos evidentes del frío, sino que contribuye al bienestar general. Y, combinado con ventilación, vacunas y sentido común, ayuda a que los virus lo tengan un poco más difícil.