El número de visitas al hospital de personas con síntomas de jaqueca aumenta durante los días en los que hay niveles más altos de polución en el aire, según un estudio internacional. Los resultados indican que otros factores climáticos también afectan, como la humedad o el calor.
El ruido, las hormonas o comer ciertos alimentos son algunos desencadenantes de crisis para los pacientes que sufren migraña. Ahora, un estudio añade uno más: la contaminación atmosférica. Publicada en la revista Neurology, la investigación relaciona el aumento de ataques de jaqueca con la exposición a polución en el aire y a factores climáticos como el calor y la humedad.
“Estos resultados nos ayudan a comprender mejor cómo y cuándo ocurren los ataques de migraña”, explica el autor del estudio Ido Peles de la Universidad Ben-Gurion del Néguev (Be’er Sheva, Israel). “Sugieren que para las personas que tienen una susceptibilidad a la migraña de entrada, los factores ambientales pueden desempeñar dos funciones: los factores a mediano plazo, como el calor y la humedad, pueden modificar el riesgo de ataques, mientras que los factores a corto plazo, como los picos en los niveles de contaminación, pueden desencadenar las crisis”.
El estudio involucró a 7 032 personas con migraña que vivían en Be’er Sheva, en el desierto del Néguev, y se les siguió durante un promedio de 10 años. Los investigadores observaron la exposición diaria a la contaminación del aire procedente del tráfico, la industria y las tormentas de polvo, así como las condiciones climáticas.
También analizaron con qué frecuencia y cuándo las personas tenían que acudir al hospital o a un centro de atención primaria con una migraña aguda y compararon eso con la contaminación y las condiciones climáticas de ese día y hasta siete días antes.
Durante la investigación, 2 215 personas (es decir, el 32 % de los pacientes) tuvieron al menos una visita al hospital o clínica por migraña aguda. Además, un 47 % de las personas compraron medicamentos triptanes, con un uso promedio de dos tabletas al mes y un 2,3 % de personas utilizando 10 o más tabletas al mes.
Lo que observaron los investigadores fue que, en los días con mayor número de visitas al hospital, los niveles de contaminación del aire eran elevados en comparación con la cantidad promedio durante el periodo del estudio. Por el contrario, el día con menos visitas a las clínicas tuvo niveles de contaminación inferiores al promedio.
El equipo investigador también ajustó otros factores que podrían afectar el riesgo de ataques de migraña, como el sexo y el nivel socioeconómico.
Así, el análisis reveló que las personas con exposición a corto plazo a niveles altos de dióxido de nitrógeno tenían un 41 % más de probabilidades de acudir al hospital por migraña que las personas no expuestas a niveles altos.
Por otro lado, los pacientes que recibieron niveles altos de radiación solar o rayos ultravioleta (UV) del sol tenían un 23 % más de probabilidades de sufrir migraña que aquellas no expuestas a niveles altos.

A medida que el cambio climático intensifica la frecuencia de las olas de calor, las tormentas de polvo y los episodios de contaminación, necesitaremos integrar estos factores de riesgo ambiental en los tratamientos

“Estos hallazgos resaltan oportunidades para anticipar qué atención será necesaria”, señala Peles. “A medida que el cambio climático intensifica la frecuencia de las olas de calor, las tormentas de polvo y los episodios de contaminación, necesitaremos integrar estos factores de riesgo ambiental en el tratamiento para las personas con migraña”. El investigador sugiere que, cuando se pronostiquen periodos de exposición de alto riesgo, los médicos pueden aconsejar a las personas limitar su actividad al aire libre y usar filtros de aire, o tomar medicamentos preventivos a corto plazo.
Una limitación del estudio, según los autores, es que la exposición a la contaminación del aire se midió mediante estaciones de monitoreo y no tuvo en cuenta comportamientos individuales como la cantidad de tiempo pasado en interiores, el uso de aire acondicionado o filtros de aire, el tipo de trabajo y las actividades diarias.
Además, dado que la información sobre la actividad de la migraña se recopiló a través de visitas al hospital y a la clínica y datos de farmacia, los hallazgos reflejan principalmente a personas con migraña grave y pueden no ser aplicables a personas con episodios de migraña más leves o a aquellas que la gestionan por su cuenta.
A pesar de las limitaciones que destacan los propios autores, el estudio da un primer paso hacia la aplicación de medidas de prevención para controlar las migrañas en un ambiente donde el cambio climático afecta cada vez más a la salud física y mental.
Peles, I. et al. Neurology (2026)