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Científicos desarrollan nuevas técnicas para detectar los coágulos de sangre y burbujas de aire en las arterias

Las nuevas técnicas para detectar émbolos, es decir, coágulos de sangre y burbujas de aire dañinos en las arterias desarrolladas en la Universidad de Leicester, han jugado un papel muy importante en la reducción de las tasas de infarto cerebral tras una endarterectomía carotídea, una operación diseñada para eliminar estrechamientos en las arterias principales que riegan el cerebro antes de que puedan provocar un infarto cerebral.

Antes de que la monitorización preoperatoria de émbolos se introdujera en 1992, la tasa de infarto cerebral intraoperatorio durante las intervenciones en arterias carótidas era del 4%. Hoy esa cifra es del 0,2%. Del mismo modo, antes de la introducción en 1995 de la monitorización postoperatoria, la tasa de infarto cerebral postoperatorio era del 2,7%. Actualmente es extremadamente rara. En conjunto, la tasa de infarto cerebral/mortalidad a los 30 días ha caído del 6% al 2,6%.

Las técnicas de detección de émbolos desarrolladas por los investigadores David Evans y A. Ross Naylor de la Universidad de Leicester utilizan los ultrasonidos doppler, una técnica empleada para detectar el latido del corazón fetal en mujeres embarazadas. El trabajo fue presentado recientemente en una conferencia internacional sobre ultrasonidos en la medicina en Australia.

En el caso de la detección de émbolos, el “transductor” se coloca en un lado de la cabeza del paciente, justo delante de la oreja, y se utiliza para detectar el movimiento de los émbolos por los vasos sanguíneos en el cerebro. La técnica es indolora e inocua.

Por ello, a los pacientes que se someten a varios tipos de operaciones se les coloca este pequeño transductor ultrasónico en un lado de la cabeza que da un aviso temprano cuando se desarrolla una embolia.

Si se detectan los émbolos, resulta más fácil tomar las medidas apropiadas para reducir o evitar que se produzca la embolia. En algunos pacientes la monitorización continuará de 1 a 2 horas tras la cirugía, lo que reduce la probabilidad de que el paciente sufra un infarto cerebral.

Los émbolos pueden ser trozos de ateroma que se han desprendido de arterias enfermas, coágulos de sangre o burbujas de aire introducidas accidentalmente en la sangre que viajan por el sistema circulatorio hasta que se “atascan” en una arteria, lo que impide el flujo sanguíneo en esa arteria y, por lo tanto, se priva a la zona abastecida por la arteria de su suministro de sangre y de oxígeno.

Este problema da lugar a la muerte del tejido afectado. Si se produce en el cerebro se desarrolla un infarto cerebral, y si tiene lugar en el corazón ocasiona un infarto de miocardio. En general, es mucho más probable que los émbolos sólidos de pequeño tamaño provoquen infartos cerebrales que los que son gaseosos con un tamaño similar y, por ello, una de las técnicas que han desarrollado los científicos de Leicester ayuda a distinguirlos.

David Evans, investigador de física médica en la Universidad, comenta: “En Leicester hemos realizado una investigación de los émbolos cerebrales durante 15 años. Gran parte de nuestro trabajo hasta la fecha se ha centrado en mejorar la seguridad de la cirugía de arteria carótida y, más recientemente, hemos empezado a trabajar con cirujanos cardiovasculares sobre las embolias que tienen lugar durante la cirugía a corazón abierto con la esperanza de reducir los efectos potencialmente nocivos en el cerebro de la misma.”

El investigador Naylor, cirujano vascular especialista, señala: “La paradoja de la endarterectomía carotídea es que, aunque está demostrado que es una operación que evita el infarto cerebral a largo plazo, también es responsable de provocar infartos cerebrales en un pequeño número de pacientes. Cuanto menor sea el riesgo inicial, mayor será el beneficio a largo plazo.”

“La investigación realizada en Leicester ha contribuido a la reducción sostenida del 60% en el riesgo operatorio total, lo que se traduce en un beneficio a largo plazo mucho mayor para el paciente y en un ahorro en los costes de rehabilitación en el Servicio Nacional de Salud británico.”

“Es alentador comprobar que con una simple monitorización de los pacientes tras una endarterectomía carótida puede reducirse el riesgo de infarto cerebral de forma considerable. Estamos deseando si estas investigaciones se traducen a la práctica clínica, donde podrían ser beneficiosas para prevenir muchos infartos cerebrales de efectos potencialmente devastadores”, dice Isabel Lee de The Stroke Association, que financia el programa de investigación.

Fuente: SINC
Derechos: Creative Commons
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