Investigadores de la Universidad de Jaén han analizado las pinturas que decoraban un edificio dedicado al emperador en la que fuera una de las principales ciudades romanas de la península ibérica. Los resultados revelan que su riqueza cromática y buen estado de conservación las convierte en un ejemplo paradigmático de la pintura mural romana en toda la cuenca mediterránea.
El yacimiento de Sikait, en el Mons Smaragdus (desierto oriental de Egipto), fue el único yacimiento de esmeraldas del Imperio Romano. Un equipo de investigadores, dirigido por la Universidad Autónoma de Barcelona, ha identificado una entrada a las minas del sitio en unas construcciones que denotan un carácter privado de la explotación de las vetas de mineral.
En la convulsa época del Imperio Romano, alrededor del año 270, alguien escondió un caldero lleno de monedas de plata y cobre cerca de lo que hoy es Valsadornín (Palencia). Dos hermanos lo descubrieron en 1937 gracias a una tormenta de verano. Después de diversas vicisitudes y una reciente restauración, ahora se puede admirar en el Museo Arqueológico Nacional.
Hace dos mil años, en la época romana, el mar Mediterráneo era un refugio para dos especies de ballenas que prácticamente han desaparecido del Atlántico Norte: la ballena de los vascos o franca y la ballena gris. Así lo indica un estudio, con participación española, que analiza los fósiles de los huesos hallados en el yacimiento de Baelo Claudia, cerca de la actual ciudad de Tarifa.
Las invasiones de los hunos liderados por Atila en el siglo V después de Cristo pudieron ser el desencadenante de la caída del Imperio romano en Occidente. Aunque los relatos romanos señalan que las incursiones bárbaras fueron violentas, el análisis de restos óseos enterrados en las frontera de aquel imperio demuestran lo contrario: agricultores romanos y pastores nómadas convivieron e intercambiaron sus estilos de vida.
La restauración de tres esculturas del siglo I, encontradas en el yacimiento de Torreparedones (Baena, Córdoba), ha permitido saber que dos de ellas representaban al emperador Augusto y a Calígula, en forma divinizada. La tercera podría ser de Livia, viuda de Augusto. Las tres estatuas sedentes estaban pintadas, según se deduce por los restos de pigmentos hallados en sus pliegues. Las dos masculinas, en tonalidades purpúreas, amarillas ocres y blancas; mientras la femenina era representada en tonos rojizos y azul egipcio.