Jonathan, una tortuga gigante de Aldabra de 194 años, presenta 287 variantes genéticas relacionadas con la reparación del ADN y la reducción de la inflamación, además de un epigenoma sorprendentemente estable.
Casi dos siglos de vida convierten a Jonathan en el animal terrestre más longevo del mundo. Esta tortuga gigante de Aldabra, nacida alrededor de 1832, tiene una edad estimada de 194 años y ha sobrevivido a generaciones de seres humanos y a grandes transformaciones históricas.
Originario de las Seychelles y perteneciente a la especie Aldabrachelys gigantea hololissa, Jonathan procede del archipiélago de Aldabra, en el océano Índico. Desde 1882 vive en Santa Elena, una isla británica situada en el Atlántico Sur, donde reside en los jardines de Plantation House, la residencia oficial del gobernador de la isla.

Esperaríamos que sus marcadores epigenéticos hubieran cambiado a lo largo de su vida. Sin embargo, aunque ha habido cierto deterioro, estos marcadores están mucho más intactos de lo esperado

Su longevidad ofrece a los investigadores una oportunidad única para estudiar qué mecanismos podrían permitir a un organismo envejecer de una forma tan lenta. Un equipo científico, liderado por la Universidad de Cambridge (Reino Unido), ha estudiado su ADN para buscar nuevas pistas que ayuden a explicar su extraordinaria longevidad.
“Lo realmente interesante es que su genoma no es tan diferente como esperaríamos. Presenta algunas variantes genéticas, pero son relativamente pequeñas. Esperaríamos que sus marcadores epigenéticos hubieran cambiado a lo largo de su vida (lo que se denomina entropía de metilación), dando lugar a una regulación genética menos eficaz. Sin embargo, aunque ha habido cierto deterioro, estos marcadores están mucho más intactos de lo esperado”, dice a SINC Justin Gerlach, investigador principal en el estudio en Cambridge.
Jonathan (izquierda) a su llegada a Santa Elena en 1882. / Fotógrafo A. L. Innes
El trabajo, publicado en la revista Science Advances, identifica un total de 287 variantes genéticas únicas en Jonathan asociadas a procesos relacionados con el envejecimiento, como la reparación del ADN, la inflamación, la regulación de la insulina y la supresión del cáncer.
Los científicos subrayan que todavía no se puede afirmar que estas variantes sean las responsables de su longevidad. Sin embargo, algunas podrían desempeñar un papel en su capacidad para ralentizar el envejecimiento.

Se encuentran en vías biológicas muy importantes relacionadas con el envejecimiento, por lo que debemos considerarlas ‘posiblemente’ importantes

“Se encuentran en vías biológicas muy importantes relacionadas con el envejecimiento, por lo que debemos considerarlas ‘posiblemente’ importantes. Sin embargo, se necesita más investigación para poder afirmarlo con certeza”, señala a SINC Stephen Clark, coautor principal de la investigación y fundador de Kallel (EE UU), una organización sin ánimo de lucro dedicada a la investigación sobre longevidad y envejecimiento.
Los modelos de proteínas utilizados por el equipo predijeron que 41 de las 287 variantes podrían tener relevancia funcional. De ellas, 12 aparecen en bases de datos sobre envejecimiento humano, como LongevityMap y GenAge. Entre las candidatas más interesantes se encuentran ACD, POT1, relacionada con la función de la telomerasa, ERCC1 y TP53BP1, implicadas en la reparación del ADN, y FOXO3, relacionada con la autofagia.
“Además, algunas de estas variantes tienen paralelismos con otros organismos y poblaciones longevas. Se han encontrado variantes de POT1, FOXO3 y ERCC1 en la medusa inmortal, en seres humanos de Okinawa y en la ballena boreal, respectivamente”, argumenta Clark.
Jonathan a la izquierda y David a la derecha. / Joe Hollins
El genoma de Jonathan presenta variantes relacionadas con procesos implicados en el envejecimiento, mientras que su epigenoma muestra un grado de conservación sorprendente para un animal de su edad.
Uno de los hallazgos más llamativos del estudio se encuentra precisamente en su epigenoma, el conjunto de mecanismos que regulan qué genes se activan o desactivan. Al comparar el epigenoma de Jonathan con el de tortugas gigantes de Aldabra más jóvenes, los investigadores descubrieron que los mecanismos que regulan genes relacionados con la reparación del ADN y el metabolismo se mantienen mucho más conservados de lo esperado.

Creo que los avances más interesantes podrían surgir de investigar qué hace que el epigenoma de Jonathan sea tan estable y si algún aspecto de esa estabilidad podría utilizarse para ralentizar el proceso de envejecimiento en general

“Creo que los avances más interesantes podrían surgir de investigar qué hace que el epigenoma de Jonathan sea tan estable y si algún aspecto de esa estabilidad podría utilizarse para ralentizar el proceso de envejecimiento en general (y no solo sus síntomas)”, afirma Gerlach.
Con el paso del tiempo, estos mecanismos epigenéticos suelen sufrir cambios que pueden alterar la regulación de los genes y contribuir al envejecimiento. En Jonathan, sin embargo, aunque se observa cierto deterioro, estos mecanismos están mucho más conservados de lo esperado para un animal de casi dos siglos.
“Tiene unos 25 000 genes y, en casi todos ellos, sus regiones promotoras —aquellas que regulan la actividad de los genes— parecen increíblemente antiguos. Sin embargo, 272 promotores genéticos parecen excepcionalmente jóvenes, similares a los de la tortuga de Aldabra de 5 años con la que lo comparamos”, explica Clark.
Este trabajo supone la primera investigación del epigenoma de una tortuga gigante. El trabajo busca aprovechar el caso excepcional de Jonathan para comprender mejor los mecanismos que permiten a algunas especies mantener durante siglos funciones celulares relacionadas con el envejecimiento.

Es probable que muchos de ellos desempeñen un papel en el retraso del envejecimiento, ya que están implicados en esos procesos

Las variantes identificadas están asociadas con factores implicados en el envejecimiento (por ejemplo, la inflamación y la reparación del ADN). “Es probable que muchos de ellos desempeñen un papel en el retraso del envejecimiento, ya que están implicados en esos procesos. En algunos casos sí sabemos qué efectos tendrían esas variantes, pero para muchas de ellas sería necesario realizar más investigaciones para determinar exactamente qué función desempeñan”, continúa Gerlach.
Los investigadores reconocen que el número de individuos analizados es reducido, aunque consideran que el patrón observado es consistente. Además, señalan que no esperarían encontrar diferencias radicales entre los epigenomas de distintos individuos. Aunque cada uno puede presentar variaciones particulares, consideran especialmente llamativo que Jonathan conserve una regulación genética tan bien mantenida pese a su edad.
“Creo que nuestros datos ‘epigenéticos’ son sólidos incluso habiendo estudiado un solo animal, porque muchos de sus genes —272— presentaron características excepcionalmente jóvenes”, recalca el científico de Kallel.

Creo que nuestros datos ‘epigenéticos’ son sólidos incluso habiendo estudiado un solo animal, porque muchos de sus genes —272— presentaron características excepcionalmente jóvenes

Las tortugas gigantes de Galápagos y Seychelles constituyen modelos excepcionales para estudiar el envejecimiento. Trabajar con un ejemplar de una edad tan extraordinaria como Jonathan permite abordar la investigación desde una perspectiva poco habitual, hasta el punto de percibir al animal casi como un colaborador y no simplemente como objeto de estudio.
Jonathan enfrente de la Plantation House. / Joe Hollins
Más allá de explicar la longevidad de Jonathan, los investigadores buscan saber si alguno de estos mecanismos podría tener aplicaciones en el estudio del envejecimiento humano. El análisis de otras especies longevas podría ayudar a identificar nuevas dianas relacionadas con procesos como la inflamación, la reparación del ADN o el funcionamiento de las mitocondrias.
Clark considera que el hallazgo relacionado con las mitocondrias puede ser especialmente relevante desde el punto de vista clínico. Como ejemplo, señala un estudio realizado en una mujer de 117 años, cuyas mitocondrias eran más eficientes que las de personas de 80 y 90 años.
Su organización también trabaja en la identificación de fármacos que actúan sobre las mitocondrias y estudia otras especies longevas en busca de nuevas dianas terapéuticas.
Los investigadores señalan que sería necesario comprender mejor la función concreta de las variantes genéticas y cómo se mantiene estable el epigenoma antes de establecer una relación causal con la longevidad. El estudio también está limitado por la imposibilidad de obtener muestras de sangre de Jonathan y, sobre todo, por tratarse de un único ejemplar.
Referencia:
Stephen W. Clark et al. “Epigenetic insights into extreme longevity in the world’s oldest terrestrial animal, Jonathan”. Science Advances 2026