Estos insectos son una molestia del verano en nuestras latitudes, y en otras regiones del mundo pueden llegar a ser un riesgo mortal. Para protegernos de sus picaduras contamos con herramientas eficaces como repelentes, mosquiteras o insecticidas, pero conviene huir de otros métodos engañosos que no cumplen lo que prometen.
Los animales que matan a más personas no son las serpientes, con 100 000 muertes al año, o ni siquiera los propios humanos, que anualmente pueden aniquilar a 600 000 de sus semejantes; sino algo tan frágil e insignificante como un mosquito. Estos insectos transmiten unas 78 enfermedades que según algunas estimaciones causan cada año hasta un millón de muertes, 600 000 de ellas por malaria.
Aunque un mosquito sea fácil de aplastar, sabemos lo difícil que es librarnos del acoso de estos insectos cuya estrategia para rastrear y localizar a sus víctimas, en este caso nosotros, es “fastidiosamente robusta”, en palabras de un grupo de investigadores de EE UU. Y su amenaza no va a hacer sino aumentar, debido a que el cambio climático facilita la expansión de mosquitos tropicales y sus infecciones a los países templados, incluyendo España.
¿Cómo podemos defendernos de ellos? Mientras la ciencia explora nuevas armas contra esta plaga, deberemos ceñirnos a los viejos métodos de fiabilidad contrastada; entre los cuales, por cierto, no se incluyen algunos tan populares como ineficaces.
Durante la Segunda Guerra Mundial, las tropas desplegadas en las regiones tropicales sufrieron el azote de las enfermedades transmitidas por mosquitos. El 60 % de los soldados estadounidenses en el Pacífico contrajeron malaria, y dengue otro 5 %. En total, 1,2 millones padecieron una o ambas infecciones. Y aunque la mortalidad fue baja, el impacto en la operatividad fue tan grave que obligó al gobierno de EE UU a buscar soluciones.
Por entonces ya se empleaban repelentes de insectos como el aceite de citronela (o hierba limón), pero no eran lo bastante efectivos. Desde 1942, científicos como el químico Samuel Gertler, del Departamento de Agricultura, ensayaron más de 7 000 compuestos en busca de nuevas fórmulas de protección contra los insectos. Así fue como Gertler dio con el DEET (dietiltoluamida). Patentado en 1946, ya después de la guerra, se guardó celosamente como secreto militar hasta que en 1957 se autorizó su uso civil.
El DEET ha aguantado la prueba del tiempo: ochenta años después, continúa siendo el repelente de referencia. “Sigue siendo el más utilizado en el mundo, el más eficaz y el más barato”, resume a SINC Claudio Lazzari, biólogo especializado en insectos transmisores de enfermedades de la Universidad de Tours (Francia) y la Universidad de Buenos Aires.
El DEET es el estándar de referencia con el cual se mide cualquier nuevo candidato. Se vende bajo numerosas marcas, a diferentes concentraciones; las más altas ofrecen una protección más duradera, de hasta ocho o nueve horas, si bien esta no parece aumentar sensiblemente por encima del 50 %. Las dosificaciones más altas son las recomendadas para regiones de riesgo de malaria y otras enfermedades transmitidas por mosquitos.
La larga historia del DEET también avala su inocuidad, pudiendo emplearse incluso en bebés desde los dos meses. Según Lazzari, a concentraciones muy elevadas, sobre el 75 %, “se ha relacionado con reacciones alérgicas y cierta toxicidad”, pero “ningún repelente comercial tiene tanto en su formulación”.
Además, y aunque es moderadamente perjudicial para organismos acuáticos, se biodegrada lentamente, por lo que no tiende a acumularse.
En suma, el DEET es lo más parecido que hoy tenemos al repelente perfecto. Pero tiene una gran pega: no es agradable de usar. Su textura aceitosa deja la piel grasienta; y, lo que es peor, disuelve el plástico, por lo que puede dañar numerosos objetos o materiales en contacto con la piel, ya sea una pulsera, una sandalia, la correa de un reloj, gafas de sol, esmalte de uñas o tejidos sintéticos como el elastano o licra.
Este defecto del DEET abre hueco a otras opciones, aunque, advierte Lazzari, “las alternativas, sobre todo las naturales, suelen ser más caras, otorgan menos protección y no suelen ser totalmente inocuas”. Estos otros repelentes incluyen el clásico aceite de citronela, el IR3535 de la compañía Merck o el aceite de eucalipto limón destilado (OLE, por sus siglas en inglés) y enriquecido en un ingrediente activo llamado paramentanodiol (PMD). Pero cuidado, no es el aceite esencial extraído directamente, que a veces se intenta hacer pasar por repelente.
Sin embargo, una y otra vez los estudios llegan a la misma conclusión: la protección de los aceites de citronela y otros se pierde rápidamente por su gran volatilidad, decayendo a la mitad a las dos horas, mientras que la del DEET se mantiene. Aunque el PMD es una opción, el mayor rival del DEET es la picaridina o icaridina, creada por Bayer en los años 80. Es el único que en los ensayos ha conseguido igualar los resultados del DEET, sin daño a los plásticos ni tacto grasiento. Concentraciones de un 20 % protegen al mismo nivel que el DEET.
Es posible que en el futuro se encuentren nuevos repelentes, pero esta búsqueda se topa con un serio obstáculo: pese a la larga historia del DEET, aún no ha podido zanjarse la cuestión de cómo actúa; “no existe un modelo general de por qué los repelentes repelen”, apunta Lazzari. Hay al menos tres hipótesis, cada una basada en evidencias experimentales: “Que bloquean la capacidad de los mosquitos de detectarnos, que son tóxicos y afectan al sistema nervioso, y que los mosquitos lo huelen y lo evitan”.
Esta última idea viene avalada por un reciente estudio dirigido por Lazzari y que revela un resultado sorprendente: los mosquitos expuestos a un soplo de DEET mientras se están alimentando pueden aprender a asociar su olor con la comida, de modo que el repelente se convierte para ellos en un atrayente.
Es el clásico condicionamiento de los perros de Pavlov, que salivaban con un estímulo que asociaban al alimento. Esto indica que para los mosquitos la acción del DEET no es puramente mecánica, sino que tiene un componente cognitivo.
La lucha del ser humano contra las plagas se ha topado en infinidad de ocasiones con este tipo de escollo: con el tiempo, de una manera u otra, nuestros enemigos acaban encontrando el modo de resistir, evitar o tolerar nuestras armas contra ellos.
Aunque por el momento el DEET sigue siendo ampliamente eficaz, “el hecho de no conocer exactamente por qué cambian de esa manera el comportamiento de los mosquitos es un freno muy importante para la búsqueda de nuevas moléculas”, dice Lazzari.
En los últimos años, las investigaciones han profundizado en los sistemas del mosquito que lo guían hacia nosotros, y cuyo estímulo inicial es el olor de sustancias que desprendemos, como el CO2 de la respiración, el ácido láctico y otros productos del metabolismo y de las bacterias de la piel. “Cuanto más sepamos sobre su procesamiento de los olores, mejor podremos diseñar repelentes más precisos”, señala a SINC Floris van Breugel, investigador de la Universidad de Nevada en Reno cuyos estudios han iluminado esta vía.

No existe un modelo general de por qué los repelentes repelen

Así, por ejemplo, se buscan compuestos que interfieren con el olfato del mosquito, o que lo confunden y potencian la acción de los repelentes. A falta de testados más extensivos, ya se han obtenido sustancias que protegen durante más tiempo que el DEET.
Según Lazzari, gracias a este conocimiento es posible diseñar “estrategias racionales” como la que él desarrolla en un proyecto de colaboración entre Argentina y Francia: “La idea es probar moléculas que probablemente provoquen una reacción de evitación, como por ejemplo sustancias amargas”.
Los repelentes son un recurso primario para las zonas de riesgo de enfermedades transmitidas por mosquitos, pero no son la única herramienta de protección personal. La medida básica más tradicional es la barrera física como una mosquitera o red antimosquitos, sobre todo impregnada con insecticidas ampliamente disponibles como la permetrina. La Organización Mundial de la Salud ha añadido recientemente una nueva recomendación para el control de la malaria, el uso de los llamados emanadores o repelentes espaciales, sistemas que liberan insecticidas al aire de forma gradual.
Pero si se trata de evitar las picaduras en un país como el nuestro, sin riesgos asociados a los mosquitos, un repelente puede ser algo incómodo y excesivo. Los insecticidas de toda la vida son siempre útiles, incluyendo los difusores eléctricos en líquido o tableta.
Por el contrario, la sensibilidad ambiental aconseja rechazar las lámparas antimosquitos con luz ultravioleta: los estudios han revelado que apenas atraen a estos insectos, pero sí a otros beneficiosos como las polillas; en un muestreo, solo 31 de 13 789 insectos muertos en la trampa eran mosquitos.
En cuanto a otro tipo de medidas, en el mejor de los casos pueden ser una pequeña ayuda; en el peor, del todo inútiles. Un ejemplo es una de las presuntas defensas antimosquitos más populares, disponible en los comercios cada verano: las velas de citronela. Aunque el aceite de esta planta funcione como repelente cuando se aplica sobre la piel, esto no implica la menor garantía de que quemar cera con mezcla de este material vaya a espantar a los insectos.
Y, de hecho, no lo hace. Un estudio de la Universidad Estatal de Nuevo México que comparó diversos métodos contra los mosquitos concluyó que “la vela de citronela no tiene ningún efecto”. Los autores añadían que “muchos de los productos testados que se comercializan como repelentes no reducen la atracción de los mosquitos a los humanos”.
Entre estos grandes fiascos de la categoría de los inservibles se encuentran otros dos tipos de artículos populares: las pulseras impregnadas y los ahuyentadores electrónicos de ultrasonidos.
En cuanto a las primeras, algún estudio encontró una reducción del 30 % en las picaduras usando una pulsera impregnada con DEET, pero solo en el brazo que la llevaba. Respecto a los brazaletes con citronela u otros extractos vegetales, el estudio de Nuevo México no observó ningún beneficio.
“Nuestra hipótesis es que las concentraciones emitidas por las pulseras testadas son demasiado bajas para tener efecto”, escribían los autores, subrayando que un compuesto funcional no tiene por qué serlo si se emplea de modo distinto al que demostró su funcionalidad; por ejemplo, un repelente de uso tópico en pulseras.
Aún peores son los dispositivos electrónicos que dicen ahuyentar los mosquitos con ultrasonidos: una y otra vez, los ensayos han mostrado que esto no los disuade en absoluto.
“Los estudios entomológicos de campo confirman que los repelentes electrónicos de mosquitos no tienen ningún efecto en prevenir las picaduras”, escribían los autores de una revisión de los estudios disponibles.
Lo mismo se aplica a las apps para el móvil; según el estudio de Nuevo México, cualquier sistema que pretende espantar mosquitos con sonido es “el equivalente moderno del aceite de serpiente”, una referencia a los remedios fraudulentos.
El repertorio de las falsas proclamas antimosquitos no tiene fin; por ejemplo, que ciertos alimentos o suplementos, como vitamina B1 (tiamina), levadura o ajo nos protegen de las picaduras.

El consenso científico es, inequívocamente, que los repelentes orales no existen

Según el entomólogo de la Universidad Nacional de Taiwán Matan Shelomi, que ha revisado los estudios, “el consenso científico es, inequívocamente, que los repelentes orales no existen. A pesar de extensivas búsquedas, nunca se ha probado que ninguna comida, suplemento, medicación o condición haga a la gente repelente”. El estudio de Nuevo México analizó parches de vitamina B1 que se pegan a la piel. El veredicto: tampoco sirven.
En el mismo cajón de los remedios fallidos pueden almacenarse las presuntas plantas repelentes, como se encarga de recalcar el entomólogo médico de la Universidad de Sídney Cameron Webb.
Este experto advierte también sobre la ropa antimosquitos: aunque las prendas impregnadas con permetrina u otros insecticidas protejan mejor que las que no lo están, “es improbable que impidan las picaduras de los mosquitos en las áreas expuestas de la piel”. Además, “después de lavarlas, cualquier protección que ofrezcan estas prendas es probable que disminuya”. Al menos, cubrir todo el cuerpo es una medida que nunca falla.