Detrás de cada picadura no solo hay molestias, los mosquitos también pueden transmitir enfermedades graves. Investigadores de la unidad ENZOEM de la Universidad de Córdoba monitorizan estos riesgos para evitar que lleguen a las personas.
Cada verano vuelven las picaduras de mosquito, una molestia que en España solemos asociar, como mucho, con una noche de insomnio y la piel enrojecida. Pero la realidad es que los mosquitos son uno de los animales más letales del planeta según datos de la Organización Mundial de la Salud. No por su picadura en sí, sino por las enfermedades que pueden transmitir.
Este riesgo, habitual en zonas tropicales y subtropicales, desde hace unos años también alarma en España: mosquitos comunes que portan el virus del Nilo Occidental.
“Tenemos asociado que las picaduras de mosquitos son molestas, pero cuesta trabajo que en determinadas zonas se piense en que los mosquitos además pueden transmitir enfermedades”, señala Carolina Sánchez, directora del Plan Estratégico Andaluz para la Vigilancia y Control de Vectores Artrópodos con Incidencia en Salud (PEVA) de la Junta de Andalucía.
Hay 3 600 especies de mosquitos, pero solo una pequeña parte interviene en la transmisión de patógenos. El virus del Nilo Occidental (VNO) circula principalmente en un ciclo entre aves y mosquitos del género Culex, muy común en España. Cuando un mosquito pica a un ave infectada puede adquirir el virus y transmitirlo posteriormente a otras aves.
“Las personas somos hospedadores accidentales, no participamos de forma relevante en la transmisión del virus”, explica Daniel Bravo, profesor de Parasitología de ENZOEM (Unidad de Investigación Competitiva de Zoonosis y Enfermedades emergentes) de la Universidad de Córdoba (UCO).
Mosquitos del género Culex capturados por los equipos de ENZOEM-UCO. / Alejandro Muñoz
La mayoría de las infecciones pasan desapercibidas. Menos del 20 % de los infectados tiene sintomatología leve, parecida a una gripe, y solo cerca del 1 % desarrolla problemas neuroinvasivos. La tasa de mortalidad es del 0,1 % de los infectados. Cifras bajas, que sobre una población amplia pueden traducirse en casos graves e incluso mortales.
En 2020, Andalucía sufrió el primer brote importante de la enfermedad en España y al año siguiente se creó el programa de vigilancia del virus del Nilo. Desde entonces, se revisa y mejora anualmente para actuar antes de que las personas se infecten.
El corazón del Programa de Vigilancia y Control Integral de Vectores de la Fiebre del Nilo Occidental de la Junta de Andalucía es una red de más de 200 trampas distribuidas por toda la comunidad, donde participan distintas diputaciones y equipos de científicos de ENZOEM-UCO y de la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC), implicados en la identificación de los mosquitos y en el análisis molecular del virus.
Los resultados llegan semanalmente a la administración y se incorporan al sistema de vigilancia, permitiendo adaptar las actuaciones en función del nivel de riesgo detectado.
“La clave es la vigilancia de los mosquitos, porque la primera circulación del virus se detecta en el vector y nos da tiempo a poner en marcha las medidas de salud pública”, explica Carolina Sánchez, directora del programa de vigilancia andaluz.
Investigadores de ENZOEM clasifican los mosquitos con ayuda de esteromicroscopio para luego extraer su ARN. / Alejandro Muñoz
A principios de temporada, se elabora un mapa de riesgo que clasifica los municipios andaluces en tres niveles en función de los datos del año anterior, las condiciones del terreno, las acumulaciones de agua o los casos previos. El índice de probabilidad, lo calculan investigadores del CSIC junto con el Ministerio de Sanidad.
“Partimos de una foto estática inicial, pero se va modificando en función de la vigilancia de cada año”, explica Sánchez.
Todo comienza con la captura de mosquitos a través de trampas que podrían recordar a pequeños cestos de ropa. “Utilizamos hielo seco que al sublimarse libera CO₂, una de las principales señales que emplean los mosquitos para localizar animales o personas. Además, algunas trampas incorporan atrayentes que imitan el olor corporal humano”, explica el profesor Daniel Bravo a SINC. Dentro, un ventilador succiona y retiene a los mosquitos.
La Junta de Andalucía cuenta con más de 200 trampas de mosquito como esta, que se revisan de forma periódica para monitorizar la presencia del virus del Nilo Occidental. / Alejandro Muñoz
A la mañana siguiente, las muestras viajan al laboratorio. Allí empieza un trabajo minucioso de clasificación: “Solo las hembras pican y se alimentan de sangre”, recuerda Bravo, así que el primer paso es separarlas por sexo, y después agruparlas por especie, localidad y fecha.
Los mosquitos se agrupan en lotes —de hasta 50 ejemplares— que se trituran para extraer su ARN. A partir de este material, mediante PCR en tiempo real, los investigadores pueden determinar si las muestras contienen ARN del virus del Nilo Occidental. Cuando se detecta un resultado positivo, la información se comunica rápidamente a las autoridades sanitarias.
En el laboratorio, los mosquitos se separan por sexo, especie, localidad y fecha. / Alejandro Muñoz
Hasta el año 2024, la circulación del virus se concentraba en el oeste de Andalucía: Sevilla, Cádiz, Huelva y Córdoba. La ampliación de la vigilancia en 2025 a toda la comunidad permitió encontrar el virus también en Almería. “Y este año la primera circulación del virus también se ha identificado allí”, señala la directora del programa de vigilancia.
Avisos como el de Pulpí ponen en marcha el protocolo. Se comunica a los ayuntamientos para que activen las medidas de vigilancia y control. Se realizan actividades de promoción de la salud en ayuntamientos y colegios, se avisa a Sanidad Animal y a los centros de salud de la zona. Los equipos de proyectos locales están formados por veterinarios, farmacéuticos, médicos, enfermeros, psicólogos y técnicos de salud ambiental.
“Que antes no se hubiera detectado en Almería no significa que el virus no circulara, sino que no se buscaba. Ahora tenemos una red de vigilancia más amplia que nos permite detectarlo”, explica M.ª Ángeles Risalde, directora de ENZOEM y del Centro Andaluz de Investigación de Zoonosis y Enfermedades Emergentes (CAIZEM).
Una vez obtenido el ARN de los mosquitos, se realiza una PCR para detectar la posible presencia del virus del Nilo Occidental en las muestras. / Alejandro Muñoz
Los datos reflejan un importante descenso de los casos entre ambas temporadas: Andalucía pasó de tener 195 casos humanos confirmados en 2024 a solo cuatro casos sintomáticos en 2025. “La vigilancia temprana nos permite anticiparnos a la aparición de casos y adoptar medidas de prevención y control cuando detectamos el virus”, detalla Risalde.
Sin embargo, el clima influye directamente en la abundancia de mosquitos y en la circulación del virus. Este año, tras una primavera lluviosa, se ha registrado una mayor presencia de mosquitos y hasta la fecha se han notificado 56 casos humanos en Andalucía. La vigilancia no debe relajarse.
El virus del Nilo no es el único patógeno en cuya vigilancia participan los equipos de ENZOEM. Este verano ha arrancado la vigilancia del mosquito tigre (Aedes albopictus), también coordinada desde el PEVA de la Junta de Andalucía.
Se trata de un vector muy distinto al Culex. El mosquito tigre es una especie invasora originaria de Asia y es capaz de transmitir virus como los del dengue, zika y chikunguña.
Está estrechamente asociado a entornos urbanos y periurbanos y aprovecha pequeñas acumulaciones de agua para reproducirse. Esa diferencia obliga a adaptar las estrategias de vigilancia y control, y aumenta la importancia de la colaboración ciudadana.
Huevos de mosquito tigre (Aedes albopictus), recolectados mediante ovitrampas por equipos de ENZOEM. / Alejandro Muñoz
Entre el 60 y el 80 % de los focos de cría del mosquito tigre se encuentran en zonas privadas. “Desde las instituciones llevamos a cabo medidas de vigilancia y control, pero también necesitamos el apoyo de la ciudadanía”, insiste Daniel Bravo.
La ayuda se traduce en gestos cotidianos: evitar pequeñas acumulaciones de agua, como las de platos de macetas, cubos, recipientes o bebederos.
Para prevenir las picaduras también se recomienda instalar mosquiteras, utilizar repelentes autorizados y ropa que cubra la piel cuando sea necesario.
Lo importante, insiste Bravo, es “no alarmar a la población, pero sí informarles para que estén alerta”.