Un análisis global de 50 especies de aves y murciélagos revela que aprovechar las corrientes de aire permite reducir el gasto energético en los desplazamientos a niveles inferiores a los de la locomoción acuática. Esto reescribiría la jerarquía clásica establecida en los manuales de fisiología.
Los tratados de fisiología animal contienen una regla categórica sobre la eficiencia del movimiento: desplazarse por el agua es la forma más económica de locomoción, seguida del vuelo activado por aleteo y, por último, la carrera terrestre, que es lo más costoso energéticamente. Esta jerarquía, formulada en los años 70 a partir de mediciones en laboratorios con animales sobre cintas de correr, túneles de viento o tanques de agua, trataba la atmósfera como un entorno estático e inerte.
Sin embargo, un estudio internacional en el que participan investigadores de la Estación Biológica de Doñana (CSIC) desmonta esta visión al demostrar que, en condiciones reales de libertad, el aire no es un mero escenario, sino un combustible gratuito. El trabajo, liderado por investigadoras del Instituto Max Planck de Comportamiento Animal (MPI-AB) y la Universidad de Swansea, analiza el gasto energético efectivo en el desplazamiento de 50 especies de aves y murciélagos en la naturaleza.
Los resultados, publicados este jueves en la revista Science, muestran que al integrar el comportamiento animal con las corrientes de aire y las térmicas ascendentes, el coste de transporte en vuelo puede descender drásticamente, situándose en muchos casos por debajo del gasto estimado para los peces.
“Para nosotros, el cielo puede parecer solo un fondo sobre el que vuelan los animales, pero es un recurso esencial que puede cambiar drásticamente el coste de un viaje”, señala Martina Scacco, investigadora del MPI-AB y primera autora del trabajo.
Para llegar a estas conclusiones, el equipo coordinó a 68 científicos de todo el mundo y analizó una base de datos sin precedentes que abarca 17 años de registros por GPS y acelerometría de alta resolución procedentes de 850 ejemplares, además de cuatro años de datos de radar centrados en pequeños voladores. Las especies analizadas cubren tres órdenes de magnitud de masa corporal, desde diminutos paseriformes de apenas 12 gramos hasta grandes planeadores de más de 11 kilogramos.
Gracias a los sensores de aceleración, los científicos lograron distinguir los tramos de vuelo activo —basados en el aleteo— del vuelo pasivo o planeado. Al cruzar esta información con la velocidad real sobre el terreno y los datos meteorológicos de viento y corrientes térmicas, calcularon el coste efectivo de transporte (eCOT, por sus siglas en inglés), midiendo la energía consumida por unidad de masa y metro recorrido.
Los análisis mostraron una clara división filogenética y funcional entre dos estrategias de vuelo: las especies aleteadoras y las planeadoras. Mientras que las aves aleteadoras mantienen un gasto más alto y variable en función del viento, las especies planeadoras aprovechan la masa corporal para maximizar la energía que extraen del entorno.
El contraste entre especies de masa similar ilustra la magnitud de la diferencia. Un cóndor andino (Vultur gryphus) y un cisne trompetero (Cygnus buccinator) pesan aproximadamente 11 kilogramos. Sin embargo, la factura energética del cóndor para recorrer un kilómetro equivale a una quinta parte de la del cisne. La razón reside en el uso de la atmósfera: mientras el cisne aletea durante el 99 % del tiempo de vuelo, el cóndor invierte solo un 0,1 % de su trayectoria en aletear, desplazándose casi íntegramente gracias a las térmicas ascendentes.
“Las reglas de laboratorio nos decían que los cóndores y los cisnes debían tener la misma factura energética porque comparten la misma masa corporal. Pero al ver cómo planea un cóndor y cómo aletea un cisne, sabíamos que claramente debía existir una diferencia”, explica Emily Shepard, profesora de la Universidad de Swansea y coautora principal del estudio. Esta estrategia permite al cóndor reducir su coste de transporte en un 79 % respecto al cisne, alcanzando cotas de eficiencia equivalentes a las de la locomoción acuática.
El estudio puso a prueba este comportamiento a gran escala analizando datos de siete especies de buitres que completaron un total acumulado de 128 000 días de vuelo y más de 4,3 millones de kilómetros —equivalente a dar la vuelta al planeta más de 100 veces— aleteando tan solo entre el 0,1 y el 7 % del tiempo. “Los planeadores son maestros en extraer energía del medio ambiente. Cuando las condiciones son adecuadas, pueden reducir sus costes hasta niveles mínimos”, añade Shepard.
Por el contrario, los voladores aleteadores adoptan un enfoque metabólico más costoso pero más flexible. Al depender del esfuerzo muscular directo, se ven afectados considerablemente por la dirección del viento. Los vientos de cola reducen su factura energética, mientras que los vientos de cara incrementan notablemente el esfuerzo necesario.
“El aire puede elevar o reducir bruscamente los costes de vuelo para los aleteadores. Lo que nos sorprendió fue ver hasta qué punto operan con frecuencia en condiciones costosas donde su rendimiento de combustible es realmente bajo”, subraya Kamran Safi, investigador del MPI-AB y también autor sénior de la investigación. Esta tolerancia a volar en condiciones adversas responde a presiones biológicas como la urgencia por llegar pronto a los lugares de nidificación o la necesidad de alimentar a las crías.
El hallazgo tiene implicaciones críticas para la conservación de la fauna en un contexto de calentamiento global. Dado que la alteración de los patrones climáticos globales modificará la fuerza del viento, las térmicas y la turbulencia, las rutas de migración y la distribución de las especies aéreas podrían verse reconfiguradas.
“Si las condiciones atmosféricas cambian, también lo hará el coste del vuelo y, por tanto, la forma en que los animales deciden migrar y establecer sus comunidades”, advierte Safi. Mientras que las especies planeadoras podrían verse obligadas a modificar sus rutas o calendarios para encontrar térmicas suficientes, las aleteadoras podrían requerir paradas de repostaje más frecuentes para compensar un mayor gasto energético. El modelo presentado ofrece ahora una marco unificado para predecir estos impactos sobre el paisaje energético global de los vertebrados voladores.
Referencia:
Martina Scacco et al, “Airflows redefine the cost of aerial transport in the wild”, Science, 2026.