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Antropología

Apenas queda rastro genético de los cimarrones en sus descendientes

El palenque de Yanga, en México, es el primer núcleo de esclavos africanos rebeldes –conocidos como cimarrones– que se estableció en América. Analizando el ADN de sus descendientes, un equipo internacional, dirigido por la Universidad Complutense de Madrid, ha descubierto que en ellos queda muy poco rastro genético africano, al haber mayor proporción de los ancestros europeos y amerindios como consecuencia del mestizaje.

Los esclavos que se rebelaban huían para formar sus propias comunidades / Elycefeliz.

Unas décadas después de que Cristóbal Colon llegara a América, los colonos europeos llevaron al continente esclavos africanos, puesto que la población nativa que utilizaban para hacer esos trabajos había sido diezmada por las epidemias.

Los esclavos que se rebelaban –conocidos como cimarrones– huían para formar sus propias comunidades autónomas, llamadas palenques. El de Yanga, situado en lo que hoy es Veracruz (México), se creó en 1630 y fue el primero que surgió en todo el continente, convirtiéndose en un referente para los esclavos africanos.

Científicos españoles y mexicanos han analizado la composición genética de los descendientes de este asentamiento y han descubierto que en sus genes apenas queda rastro africano. “El componente africano está más diluido, en comparación con el amerindio y europeo”, afirma Antonio González-Martín, investigador del departamento de Zoología y Antropología Física de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y autor principal del estudio, publicado en Anthropological Science.

“El componente africano está más diluido, en comparación con el amerindio y europeo”, afirma el antropólogo

Este modelo genético se conoce como trihíbrido de mestizaje, porque todas las poblaciones mestizas de América tienen, en mayor o menos porcentaje, aportes de estos tres grupos humanos. Los amerindios son el sustrato ancestral, sobre el que se solaparon el europeo y el africano.

“El componente africano presenta la singularidad de que llegó al nuevo mundo en un período de tiempo muy concreto (principalmente durante el siglo XVII), aunque de forma muy intensa. Mientras que, el flujo genético europeo (fruto de la emigración) ha sido constante desde los primeros estadios de la colonización”, explica el antropólogo de la UCM.

Los científicos analizaron el ADN extraído de muestras capilares de 60 descendientes de los primeros pobladores de Yanga. El requisito era que los cuatro abuelos de los participantes hubieran nacido en la comunidad.

Para averiguar el peso genético que tenían en la población los tres grupos ancestrales se compararon los datos obtenidos con la información genética procedente de descendientes de los grupos parentales: andaluces (representando a la población europea), africanos de Guinea Ecuatorial y el pueblo indígena Purépecha, como descendientes de los amerindios.

Además, para tener una imagen más amplia del fenómeno, los investigadores compararon el ADN de miembros de otras diez poblaciones mestizas de México con el de amerindios, europeos y africanos. Las poblaciones procedían de Yucatán, Campeche, Veracruz, Puebla, México DF, Metztitlán, Guanajuato, Jalisco, Nuevo León y Chihuahua.

Cambios según la historia

Los datos revelan que el linaje genético de estos pueblos sigue una distribución geográfica determinada. En el norte de México, el principal componente es europeo, seguido del indígena y, en mucha menor proporción, el africano. El modelo cambia en el sur y sureste, con una mayor presencia indígena, seguida de la europea y un bajo componente africano.

Apenas se distinguen rasgos físicos africanos en las poblaciones mestizas actuales

“Es el resultado de la historia demográfica, el reflejo de los lugares donde, tradicionalmente, se asentaron los europeos, donde sobrevivieron grupos indígenas y donde se requería la mano de obra africana, normalmente empleada en la minería, la estibación (carga de buques) o los cultivos”, señala González-Martín.

Teniendo en cuenta esta distribución geográfica, los once pueblos comparten un modelo genético parecido, con una alta presencia de componente amerindio y europeo (que oscilan en función de las regiones) y una baja presencia de marcadores africanos.

En cuanto al aspecto físico (fenotipo), apenas se distinguen rasgos africanos en las poblaciones mestizas actuales. “En algunas regiones muy concretas y en algunos individuos sí se puede percibir un pasado africano pero, en general, pasa desapercibido”, asegura el científico.

En la investigación, además de la Universidad Complutense de Madrid, participan la Universidad de Barcelona, el laboratorio GENOMICA (Madrid), la Escuela Nacional de Antropología e Historia (México), la Universidad Autónoma de Yucatán (México) y la Universidad de Guadalajara (México).

Referencia bibliográfica:

A. Solé-Llussà, A. Gorostiza, R. Rubí-Castellanos, V. Acunha-Alonzo, M. Gené, H. Rangel-Villalobos y A. González-Martín. “Exploring the African genetic influence in the first settlement founded by African slaves in America”, Anthropological Science 123 (2), 2015. DOI:10.1537/ase.150422.

Fuente: Universidad Complutense de Madrid
Derechos: Creative Commons
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