Un estudio con casi 2 000 adolescentes revela que la adquisición de un teléfono a esa edad no daña la salud mental por sí misma, aunque el uso de más de cinco horas diarias duplica el riesgo de depresión u obesidad.
La pregunta que lleva años traumatizando a padres y madres: ¿a qué edad se debe entregar el primer teléfono móvil a un menor? Movimientos globales de familias o educadores han presionado para retrasar este momento basándose en la intuición de que las pantallas dañan el bienestar o la salud mental de los jóvenes. Sin embargo, la evidencia empírica detrás de estas pautas seguía siendo limitada.
Ahora, una investigación a gran escala arroja luz sobre este debate al demostrar que el simple hecho de adquirir un smartphone a los 13 años no se asocia directamente con la depresión o la obesidad un año más tarde, aunque sí provoca un impacto inmediato en la pérdida de sueño.
El estudio, publicado este lunes en la revista JAMA Pediatrics, ha seguido la evolución de 1 959 adolescentes que no tenían teléfono móvil al inicio del seguimiento. Los resultados revelan que la clave del bienestar no radica tanto en el dispositivo en sí, sino en las dinámicas de uso.
Mientras que la compra del teléfono aumentó en un 29 % las probabilidades de sufrir sueño insuficiente, no mostró un vínculo estadísticamente significativo con diagnósticos clínicos de depresión o con el desarrollo de obesidad un año después. La situación cambia de forma radical cuando se analiza la intensidad de uso.
Entre los jóvenes que adquirieron el terminal, aquellos que pasaban más de cinco horas al día delante de la pantalla duplicaron con creces las probabilidades de sufrir depresión (un riesgo 2,27 veces mayor) y obesidad (2,66 veces más) en comparación con quienes realizaban un uso inferior a las dos horas diarias. Asimismo, el uso intensivo disparó el riesgo de dormir menos de las ocho horas recomendadas.
La complejidad del fenómeno sugiere que evaluar el impacto de la tecnología requiere mirar más allá de las cifras. “Necesitamos alejarnos de la idea de que el tiempo de pantalla es una única cosa homogénea si queremos entender qué es verdaderamente saludable o insalubre”, explica Rinanda Shaleha, investigadora de la Universidad Estatal de Pennsylvania (Penn State) y coautora de un modelo teórico complementario publicado en la revista Developmental Psychology.
Para los científicos, variables como el momento del día, el propósito de la navegación o el nivel de interactividad alteran por completo los efectos psicológicos del entorno digital. El consumo pasivo e infinito de vídeos cortos, por ejemplo, impone un peaje neurocognitivo muy distinto al de jugar en línea con amigos o programar.

Necesitamos alejarnos de la idea de que el tiempo de pantalla es una única cosa homogénea si queremos entender qué es verdaderamente saludable o insalubre

“El contenido fragmentado obliga al cerebro a cargar continuamente información en nuestros bloques de memoria de trabajo para luego borrarla una y otra vez”, advierte Nelson Roque, profesor de Desarrollo Humano en Penn State. Al carecer de una narrativa coherente, el sistema de recompensa del menor se ve sometido a estímulos constantes que dificultan la autorregulación.
Esta sobreestimulación prolongada suele responder a estrategias de diseño que los expertos denominan Dark UX (experiencia de usuario oscura), elementos tramposos integrados en las aplicaciones para retener la atención del usuario más tiempo del que pretendía. El desplazamiento infinito (infinite scroll) de redes sociales como TikTok o los formatos de vídeo corto están diseñados específicamente para manipular los circuitos de dopamina, lo que, según los autores, genera un coste de oportunidad crítico al desplazar actividades esenciales como el deporte, el estudio o la interacción familiar.
Ante este panorama, la investigación liderada por el Hospital Infantil de Filadelfia (CHOP) y la Universidad de Pennsylvania aporta soluciones pragmáticas y basadas en la evidencia para los hogares. La medida más eficaz y sencilla consiste en retirar los dispositivos de las estancias de descanso. El estudio de JAMA Pediatrics cuantificó de forma precisa el beneficio de esta norma: dejar el teléfono fuera del dormitorio a la hora de dormir redujo en un 36 % las probabilidades de padecer sueño insuficiente en los adolescentes.
A diferencia de análisis previos que vinculaban el uso de redes sociales a un mayor deterioro de la salud mental en las niñas, este seguimiento a largo plazo no halló diferencias significativas entre sexos ni tampoco discrepancias mayores entre el uso realizado durante los días lectivos y los fines de semana.
Los autores sugieren que las diferencias de género en la manifestación de la depresión podrían hacerse más evidentes en etapas más tardías de la adolescencia, a medida que avanza el desarrollo puberal.
“Nuestros hallazgos sugieren que, si bien la adquisición del teléfono inteligente a los 13 años no se asocia de forma independiente con peores resultados, ciertos patrones de uso conllevan riesgos claros”, concluye el equipo médico e investigador en sus conclusiones. Hasta que las normativas públicas regulen las funciones de diseño más adictivas de las plataformas, la recomendación para proteger la salud de los jóvenes pasa por combinar un acceso tecnológicamente adaptado a su madurez con un control estricto de los horarios y la exclusión nocturna de las pantallas en las habitaciones.
Referencias:
Bren, Ziv et al, “Smartphone Acquisition and Use at Age 13 Years and Health Outcomes at Age 14 Years”, JAMA Pediatrics, 2026.
Nelson Roque et al, "Screen Time in Context: Toward a Theoretical Model of Digital Engagement Across the Lifespan", Developmental Psychology, 2026.