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Las conclusiones se publican en ‘Functional Ecology’

Las aves pueden detectar a sus depredadores por su olor

Muchas especies animales utilizan el olfato para detectar y prevenir a los depredadores, pero en las aves nunca antes se había examinado, ya que tradicionalmente, se pensaba que no usaban el sentido del olfato. Sin embargo, se ha descubierto que los pájaros, no sólo son capaces de percibir a su enemigo a través de señales químicas, sino que también modifican su comportamiento al valorar el riesgo de depredación.

La utilización de señales químicas a través del olfato puede ser útil para las aves en distintos contextos, como la alimentación y la orientación, pero distinguir si el olor que detectan pertenece o no a un depredador, aumenta con creces sus posibilidades de supervivencia. Gracias a su olfato, “los pájaros detectan la presencia de un depredador”, explica a SINC Luisa Amo de Paz, autora principal del estudio y bióloga del Museo Nacional de Ciencias Naturales del CSIC durante la realización de este estudio, y que actualmente trabaja en el Instituto holandés de Ecología (NIOO-KNAW).

La investigación, que se publica en el último número de Functional Ecology, supone la primera evidencia para demostrar que las aves diferencian por señales químicas a sus depredadores. Según los investigadores del Museo Nacional de Ciencias Naturales del CSIC, el estudio “abre una nueva y prometedora área de investigación para entender numerosos aspectos del comportamiento de los pájaros; comportamientos que han sido ignorados hasta ahora”.

La agudeza olfativa de ciertas aves, en especial las que crían en cavidades como los herrerillos comunes o los carboneros, es un rasgo esencial para averiguar si sus predadores principales, comadrejas o martas, han entrado en su nido, ya que la visibilidad es limitada, o si éstos se aproximan sin otro afán que el de atacar.

Experimento con herrerillos comunes

Con el fin de definir la capacidad olfativa de los pájaros, los investigadores han realizado un experimento en una población de herrerillos comunes que cría en cajas-nido en la Sierra de Guadarrama, en Miraflores de la Sierra (Madrid). Tras añadir olor de mustélido (hurón) en el interior de las cajas-nido cuando las crías tenían ocho días de edad, han comprobado que “los padres tardaban más en entrar en la caja para cebar a los polluelos y se aproximaban más veces sin entrar”, señala a SINC Luisa Amo de Paz.

Gracias a las imágenes obtenidas con una videocámara situada a varios metros de la caja-nido, los investigadores han podido cuantificar el número de cebas y han determinado que los pájaros no disminuyeron el número de veces que alimentaron a sus crías, aunque “sí estuvieron menos tiempo dentro del nido mientras cebaban”, confirma la bióloga. De esta forma, los padres, al permanecer menos tiempo en la caja-nido, han reducido el riesgo de depredación a la vez que han alimentado a sus pequeños.

En otras cajas, los biólogos han añadido olor de codorniz para controlar el efecto de un nuevo olor sobre el comportamiento de los herrerillos, y agua para controlar el efecto de la humedad. Así, han demostrado que, al detectar un olor desconocido, como el de codorniz, las aves no esperan tanto tiempo para entrar en el nido y no disminuyen el tiempo que permanecen en el nido para alimentar a sus polluelos.

Cuando los polluelos cumplieron 13 días de edad, los científicos refrescaron el olor correspondiente en las cajas nido y los volvieron a medir para, según subraya la bióloga, “examinar si el olor de hurón había tenido un efecto sobre la condición corporal de las crías”, pues los padres redujeron el tiempo de permanencia en el nido. Las conclusiones demuestran que, durante la supuesta exposición al depredador, su crecimiento no se ha visto dañado. La investigadora concluye, por tanto, que “las aves son capaces de detectar las señales químicas de los depredadores y utilizarlas para valorar el riesgo de depredación”.

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Referencia bibliográfica:

Amo L., Galván I., Tomás G., Sanz J.J. “Predator odour recognition and avoidance in a songbird” Functional Ecology 22(2): 289-293 ABR 2008.

Fuente: SINC
Derechos: Creative Commons
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