Hace 200 años, los dinosaurios eran gigantescas iguanas. Hace un siglo, un tiranosaurio parecía un cruce entre lagarto y canguro. Desde los errores de los primeros tanteos, la imagen que tenemos de estos reptiles prehistóricos ha ido cambiando de forma radical gracias a los nuevos hallazgos y técnicas. Hasta tal punto que hoy incluso los de Parque Jurásico, de 1993, están ya desfasados.
El 31 de diciembre de 1853 se celebraba una cena de Nochevieja en un lugar insólito: el vientre hueco de un dinosaurio. Para los 21 comensales reunidos en torno a la mesa, entre científicos, prebostes y algún periodista, aquel Iguanodon era la imagen fiel de los misteriosos reptiles mesozoicos largamente extinguidos y jamás contemplados por el ojo humano. El trabajo del escultor naturalista Benjamin Waterhouse Hawkins había devuelto a la vida lo que hasta entonces solo eran, en sus propias palabras, “huesos secos o piedras de formas curiosas”.
El iguanodonte, el Megalosaurus y el Hylaeosaurus —los tres primeros dinosaurios conocidos— fueron recreados por Hawkins a tamaño natural junto con otros animales prehistóricos para la nueva exposición que se preparaba en el parque londinense del Palacio de Cristal. Para asegurarse de que sus esculturas reflejaban la ciencia del momento sobre el aspecto de las fabulosas bestias, el artista contó con la asesoría de Richard Owen, el científico que pocos años antes había acuñado la palabra ‘dinosaurio’, ‘lagarto terrible’ en griego.
El primer fósil de estos animales se había hallado casi dos siglos atrás, en 1676; identificado correctamente como el extremo de un fémur, pero cándidamente atribuido a un elefante de guerra de la época romana o a algún gigante humano bíblico. Su parecido con un par de testículos le valdría el nombre de Scrotum humanum. En 1824 William Buckland se basó en varios restos de huesos para definir un tipo de ‘lagarto’ prehistórico, Megalosaurus, al que se asignaría también el enigmático Scrotum, hoy perdido. Por fin, en 1841 Owen reunió el megalosaurio y otros dos reptiles extintos ya descritos bajo un nuevo grupo: dinosaurios.
Es decir, que los dinosaurios eran una absoluta novedad. Y desde el principio suscitaron un entusiasmo masivo: la inauguración del parque por la reina Victoria en junio de 1854 congregó a más de 30 000 asistentes, y el recinto recibiría dos millones de visitantes anuales. Aunque la exposición contaba con otros muchos alicientes, incluyendo el propio Palacio de Cristal —que acabaría destruido por el fuego en 1936—, la atracción más buscada eran los modelos de aquellos terribles reptiles de tiempos ignotos. Incluso se vendían réplicas a pequeña escala.
Cena de Nochevieja en un Iguanodon del Palacio de Cristal, 1853. / Wikimedia Commons / Scan from The Illustrated Encyclopaedia of Dinosaurs
Pero a pesar de que los dinosaurios de Hawkins eran entonces ciencia de vanguardia, resultaron rematadamente erróneos. Owen, Buckland y otros pioneros como Gideon y Mary Ann Mantell habían notado la semejanza de los fósiles con los dientes y estructuras óseas de reptiles actuales; Megalosaurus significa ‘gran lagarto’, e Iguanodon es ‘diente de iguana’.
“Owen veía los dinosaurios como reptiles primigenios gigantes”, expone a SINC el paleontólogo y divulgador Steve Brusatte, profesor de la Universidad de Edimburgo y autor de libros como Auge y caída de los dinosaurios (Debate, 2019) o The Story of Birds (Picador, 2026), además de consultor científico para la saga de películas Jurassic World.
Por ello, los dinosaurios del Palacio de Cristal eran versiones agigantadas y engordadas de iguanas o lagartos monitores; cuadrúpedos escamosos de vida anfibia que casi arrastraban la panza por el suelo, inactivos como los cocodrilos, moradores de ambientes pantanosos.
Ninguno de los tres modelos se acercaba remotamente a la realidad. Al iguanodonte se le colocó un cuerno en la nariz como los rinocerontes, hueso que realmente pertenecía al pulgar.
En cuento al Megalosaurus, el animal real también estaba muy lejos del aspecto de iguana jorobada que Hawkins esculpió bajo las instrucciones de Owen. Este fue el primer terópodo descubierto, el grupo de carnívoros depredadores que después englobaría a otros famosísimos dinosaurios como tiranosaurios, velocirraptores o alosaurios. Por lo tanto, su apariencia era similar a la de estos.
Megalosaurus en el Palacio de Cristal. / Wikimedia Commons / CGP Grey
Pero la actualización de la apariencia de estos terópodos desde la ciencia victoriana a nuestros días ha sido un camino plagado de giros, quiebros y patinazos. Un buen ejemplo es el icónico Tyrannosaurus rex, descrito oficialmente en 1905 por Henry Fairfield Osborn, presidente del American Museum of Natural History (AMNH). La publicación original de Osborn ilustraba el T-rex como un animal erguido sobre las patas traseras y con la cola apoyada en el suelo, como un canguro, y en esta postura se montó el primer esqueleto en 1915 en el AMNH.
Aquella postura no fue una invención de Osborn; lo que hizo fue adoptar para el tiranosaurio la misma posición bípeda que Joseph Leidy había plasmado en su Hadrosaurus, el primer esqueleto de dinosaurio reconstruido y que había sido montado en 1868 nada menos que por Benjamin Waterhouse Hawkins, el escultor de los dinosaurios del Palacio de Cristal. El bipedalismo fue la primera gran rectificación a los modelos del propio artista, aunque por entonces aún era más bien un tripedalismo, con la cola actuando como tercera pata.
Así, la postura de canguro fue como el mundo conoció al T-rex y similares durante la mayor parte del siglo XX: monstruosos lagartos verdes y escamosos al estilo Godzilla en aquellas películas con efectos especiales de animación fotograma a fotograma. Y junto a esta idea, iba asociada la de que los dinosaurios, masivos y poderosos, eran criaturas lentas, torpes e incluso estúpidas; un fracaso, una vía muerta de la evolución. De ahí la expresión ‘ser un dinosaurio’, aplicada a todo aquello condenado a la extinción o que ya debería haber desaparecido.
Un T-rex luchando contra King Kong en la película de 1933. / Wikimedia Commons
El tiranosaurio erguido todavía perdura hoy en ciertas estampas de la cultura popular, como los disfraces de dinosaurio o el muñeco de juguete de Toy Story. Pero para la ciencia esta efigie comenzó a derribarse hace ya más de medio siglo. En la década de 1960, nuevos hallazgos y una manera novedosa de analizarlos e interpretarlos comenzaron a cambiar la visión en lo que sería bautizado en 1975 por una de las principales figuras de la paleontología de entonces, Robert Bakker, como el renacimiento de los dinosaurios.

La especulación se ha sustituido por la aplicación del testado científico a las hipótesis sobre la biología y la evolución de los dinosaurios

“En tiempos de Owen, los científicos especulaban: ¿sangre caliente o fría? ¿Cuidados parentales o no? ¿Movimiento rápido o lento?”, apunta a SINC el paleontólogo de la Universidad de Bristol, Michael Benton. En su libro The Dinosaurs Rediscovered: How a Scientific Revolution is Rewriting History (Thames & Hudson, 2020), Benton relata cómo aquellas elucubraciones hoy han sido sustituidas por “la aplicación del testado científico a las hipótesis sobre la biología y la evolución de los dinosaurios”.
“Ahora aplicamos métodos de ingeniería a modelos 3D”, señala Benton. Estos estudios de biomecánica dieron sus primeros pasos en aquellos tiempos del renacer de los dinosaurios: tal vez el paleontólogo del British Museum Barney Newman no fuese el primero en representar al T-rex en su postura moderna, pero sí lo fue en montar un esqueleto en dicha posición; la columna vertebral horizontal, la cabeza al nivel del cuerpo, la cola alzada como contrapeso.
En su estudio, publicado en 1970, Newman explicaba que esta postura permitía la correcta articulación de las vértebras sin dislocarse los huesos. La hipótesis cuadraba con la total ausencia de huellas de la cola en los rastros fósiles de pisadas, y ha sido ratificada desde entonces por numerosas investigaciones.
Así, adiós al canguro, hola a la nueva posición del tiranosaurio que se extendió por los museos del mundo, y que se popularizó entre el gran público en 1993 gracias al Parque Jurásico de Steven Spielberg.
Modelo de T-rex de Barney Newman, 1970. / Biological Journal of the Linnean Society
La nueva postura llegó también a las exposiciones en nuestro país. En 1999 la Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel-Dinópolis montó una réplica del tiranosaurio llamado Stan, descubierto en 1987 en EE UU. “Ya desde aquellos años procuramos basarnos en los nuevos avances de la investigación paleontológica, con posturas dinámicas y estudio pormenorizado de la situación de los huesos, articulaciones, etc.”, detalla a SINC el paleontólogo Alberto Cobos, director gerente de la institución aragonesa.
Pero este cambio radical en la postura no solo afectó al T-rex y a los terópodos en general, sino también a otros dinosaurios como los saurópodos, el grupo que incluye los gigantes herbívoros cuellilargos como el Diplodocus, el Brontosaurus o el Brachiosaurus. El enorme tamaño y peso de estos colosos ha sido un desafío para los científicos que han tratado de explicar su estructura corporal y sus movimientos.
Como decía Benton, antiguamente se limitaban a especular: era imposible, intuían, que las patas soportaran semejante masa, y por lo tanto el abdomen debía de descansar en el suelo como ocurre en los cocodrilos.
En consecuencia, las extremidades debían de extenderse hacia los lados a la manera de los lagartos, la locomoción era reptante y la cola se arrastraba por la tierra. Las ilustraciones de aquellos tiempos hoy resultan ridículas.
Las investigaciones modernas han establecido que los saurópodos sustentaban el cuerpo sobre sus patas a modo de pilares verticales, como hacen los elefantes, y que la cola se elevaba en el aire para equilibrar el cuello. Sin embargo, aún persiste el debate en torno al ángulo del cuello: ¿horizontal como el T-rex o inclinado como las jirafas? Este dato y el grado de flexibilidad del eje vertebral —si el cuello era rígido o si podía curvarse como el de un cisne— habrían determinado cuáles de estos animales pastaban en el suelo o comían de los árboles.
Mientras la ciencia trata de zanjar incógnitas, los museos han ido actualizando sus montajes. Pero no todos: “Nuestro Diplodocus sigue en la misma posición en la que se montó en 1935”, cuenta a SINC la paleontóloga Begoña Sánchez Chillón, conservadora en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Como se trata de un ejemplar histórico, el diplodocus del MNCN se ha dejado en la posición original respetando su montaje histórico

No es abandono sino, al contrario, una elección bien justificada: “Como se trata de un ejemplar histórico, cuando se ha reestructurado y modernizado esa sala se ha decidido dejarlo en la posición original respetando su montaje histórico”, explica Sánchez, que en 2009 publicó junto a su colega Adán Pérez García un artículo que detalla la historia del diplodocus del MNCN, primer esqueleto de dinosaurio montado en la Península Ibérica y el único hasta 1982.
El Diplodocus carnegii del MNCN es una réplica de Dippy, el ejemplar original montado en 1907 en el Carnegie Museum of Natural History de Pittsburgh (EE UU). Tras donar una copia al rey Eduardo VII de Inglaterra, el magnate Andrew Carnegie decidió hacer lo mismo con otros jefes de estado de varios países, incluyendo el rey Alfonso XIII de España. La osamenta se instaló en 1913 en el museo madrileño, y en 1935 fue trasladada a su ubicación definitiva actual.
Si bien aún se discute cuál era la posición del cuello del diplodocus, no hay dudas de que llevaba la cola en alto. Pero como recuerda Sánchez, el Dippy español no es solo paleontología: “Se trata de una pieza de historia singular en la que se ven implicadas casas reales, guerras, influencias políticas y repercusiones sociales de todo tipo”.
Fue parte de la cultura popular del tiempo en que el periódico El Sol publicaba que aquella “maravilla de las maravillas” era más grande que King Kong. Así que seguirá como hasta ahora; “yo creo que la razón lo merece”.
Un 'Diplodocus longus' en postura moderna. / Wikimedia Commons / Dmitry Bogdanov
Pero las transformaciones de los dinosaurios por la ciencia de nuestra era han sido mucho más profundas que lo meramente estructural. En su estudio de 1970 que corregía la posición del T-rex, Newman escribía: “La postura era mucho más semejante a las aves de lo que se indica en previos montajes”. Este comentario se inscribía en la línea de la que fue la clave principal del ‘renacimiento de los dinosaurios’: apartar la mirada de los lagartos y dirigirla hacia las aves.

Solo dos décadas después de la invención de la palabra ‘dinosaurio’, Thomas Henry Huxley reconoció su vínculo con las aves

Una pieza clave de esta revolución fue el hallazgo del Deinonychus en los años 60 por John Ostrom, quien vio en este animal a un depredador de sangre caliente, activo y ágil como un pájaro, no estático como un cocodrilo. Décadas después, con el taquillazo de Parque Jurásico, el mundo conocería a este dinosaurio por otro nombre: velocirraptor. A una clasificación algo confusa se unió que tanto Spielberg como Michael Crichton, autor del libro, prefirieron esta segunda denominación, aunque los Velociraptor reales eran del tamaño de un pavo.
Ostrom y su pupilo, Bakker, defendieron un parentesco evolutivo directo entre los dinosaurios y las aves. “Pero no es que fuese una nueva idea propuesta recientemente por osados paleontólogos jóvenes”, aclara Brusatte. “Fue solo dos décadas después de que Owen inventara la palabra ‘dinosaurio’ cuando su gran rival, Thomas Henry Huxley, fue el primero en reconocer que había un vínculo entre los antiguos dinosaurios y las aves de hoy”.
Hoy este vínculo está ampliamente reconocido: “Las aves son dinosaurios”, remacha a SINC la paleontóloga y divulgadora Riley Black, autora de libros como Los últimos días de los dinosaurios (Capitán Swing, 2025) y consultora para la saga Jurassic World. “Las pistas siempre estuvieron ahí”, dice; “costó décadas volver a esta idea, pero es una idea muy pujante”.
Dichas pistas fueron destapándose a lo largo del tiempo: los dinosaurios ponen huevos y, como las aves, tienen sacos aéreos en su cuerpo para potenciar la respiración y aligerar su peso.
Ilustración de un 'Velociraptor'. / Wikimedia Commons / Fred Wierum
Y, por supuesto, las plumas. Desde el siglo XIX se conocía su presencia en el Archaeopteryx, un ave primitiva, aunque se discutía si era un verdadero dinosaurio. La idea de las plumas circuló durante décadas, hasta que la primera confirmación en dinosaurios no aviares llegó en 1996 con el Sinosauropteryx, un terópodo hallado en China. La novedad llegó demasiado tarde para Parque Jurásico, y en las secuelas se mantuvieron los dinosaurios desnudos por coherencia.
Desde entonces no solo se han hallado pruebas directas de plumas en otros muchos dinosaurios, o bien de protoplumas, filamentos con aspecto de pelo; sino que, además, las tecnologías actuales pueden analizar melanosomas fósiles, los corpúsculos que contienen los pigmentos. “Crecí escuchando que nunca sabríamos de qué color eran los dinosaurios”, comenta Black. Hoy hemos dejado atrás el sempiterno verde de los reptiles: ahora sabemos que lucían plumas blancas, negras, grises, rojas, pardas, iridiscentes…”.
Las técnicas de imagen exploran también los huesos: según Benton, “la aplicación del escaneo por tomografía computarizada a los fósiles revela asombrosos detalles internos, por ejemplo del cerebro”.
La comparación con la anatomía de las aves actuales es una fuente inestimable para indagar en la biología de los dinosaurios. Y el volumen de datos es hoy espectacular; la avalancha de descubrimientos en todo el mundo añade unas 50 nuevas especies cada año. Ya son unas 1 400; se habla de una edad de oro de la ciencia de los dinosaurios.
“A menudo hemos hablado de los dinosaurios como si hubieran desaparecido largo tiempo atrás, monstruos de otra era”, concluye Black: “Pero esta mañana me han despertado trinando fuera de mi ventana. Los dinosaurios todavía están aquí”.