En 2026 se cumplen tres siglos y medio de una serendipia científica que nació con el intento de Galileo de calcular las coordenadas de un barco en alta mar por los eclipses de las lunas de Júpiter, y que llevó al astrónomo danés Ole Rømer a la primera prueba de que la luz viajaba a una velocidad finita. Un estudio actual muestra que su método continúa siendo válido.
La velocidad de los neutrinos que viajan desde el Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN, en la frontera franco-suiza) hasta el laboratorio de Gran Sasso, en Italia, no superan la velocidad de la luz. Así lo confirman las nuevas medidas del experimento ICARUS del laboratorio italiano, por lo que cada vez toma más fuerza que los datos facilitados por el experimento OPERA en septiembre pasado presentan algún "artefacto de medición".
Una investigación, con participación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), señala dos obstáculos que parecen invalidar la propuesta teórica del motor de curvatura para viajar más rápido que la luz, a más de trescientos mil kilómetros por segundo. Esta hipótesis se basa en el movimiento del propio espacio tiempo que, en principio, puede contraerse y expandirse sin límite de velocidad. Las conclusiones del trabajo aparecen publicadas en la revista Physical Review D.