Unas células del sistema inmunitario, llamadas macrófagos, se encargan de engullir los deshechos que liberan algunos tejidos como el miocardio, el músculo esquelético y la grasa parda tras consumir energía. Sin ellas, la actividad de las mitocondrias decae y los órganos no pueden funcionar correctamente.
Diferentes tipos de tejidos como el músculo cardíaco (que permite el bombeo), el esquelético (que permite el movimiento y mantiene la postura) y la grasa parda (que mantiene el calor) tienen una gran demanda energética y producen residuos que deben limpiarse.
Ahora, un estudio liderado por investigadores españoles en el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares Carlos III revela cómo los tejidos adaptan su capacidad de limpieza a la cantidad de residuos que generan.
En esta investigación, publicada en Science Immunology, los expertos observaron que los tejidos con mayores demandas de energía albergan grandes equipos de limpieza formados por células del sistema inmunitario llamadas macrófagos.
Gran parte de esos residuos están formados por mitocondrias dañadas –los reservorios de energía de las células– que transforman los nutrientes en formas de energía que las células pueden aprovechar.
“A medida que las mitocondrias se deterioran, mientras mantienen a las células en funcionamiento, son desechadas. Cuanto mayor es la demanda energética de un tejido, más mitocondrias acaban en la basura”, explica el coautor principal del trabajo e investigador de la institución española, Andrés Hidalgo.
Los científicos siguieron el destino de las mitocondrias en el músculo cardíaco, el músculo esquelético y la grasa parda de ratones, y observaron que las mitocondrias desgastadas acababan en el interior de los macrófagos.
Cuando el equipo impidió que los macrófagos eliminaran estos residuos, el sistema dejó de funcionar correctamente: el corazón perdió capacidad de bombeo, el músculo esquelético se debilitó y la grasa parda perdió capacidad para generar calor.
Según informa a SINC el coautor del trabajo e investigador en la Universidad de California en San Francisco, José Ángel Nicolás, sus resultados no explicaron por qué ocurría esto de una forma precisa, pero indicaron que cuando los macrófagos están ausentes, la actividad mitocondrial disminuye de forma drástica, lo que se traduce en una pérdida de funcionalidad.
“Estos resultados están en línea con lo que nuestro grupo describió previamente al demostrar que la eliminación de los macrófagos provoca una acumulación de mitocondrias dañadas en el corazón y reduce su capacidad de bombeo”, explica el autor. “En conjunto, nuestro nuevo trabajo expone que los macrófagos ayudan a mantener las mitocondrias correctamente en todo el cuerpo, pero su ausencia afecta en especial a los órganos que necesitan más energía”.
Los investigadores rastrearon el inicio de este proceso de limpieza hasta unas células estructurales llamadas fibroblastos, cuyo número aumentaba en paralelo con la actividad mitocondrial del tejido.
Los fibroblastos producen una señal que hace que los macrófagos también se multipliquen. De esta forma, los tejidos pueden ajustar el tamaño de sus equipos de limpieza a la cantidad de residuos que generan.
Al analizar datos de músculos humanos, observaron que el número de macrófagos aumentaba en paralelo con la actividad mitocondrial del músculo, utilizada como un indicador de su nivel de demanda.
Según indica el estudio, el metabolismo de los tejidos, la acumulación de residuos y el número de macrófagos cambian con el envejecimiento, por lo que existe la posibilidad de que actuar sobre este sistema pueda ayudar a preservar la función de nuestros tejidos a medida que envejecemos.
“Si el compartimento inmunitario de los tejidos se altera con la edad, los músculos ‘viejos’ no serían capaces de limpiar adecuadamente el miocardio, un fenómeno que contribuiría a la perdida de función característica en edades avanzadas”, advierte Hidalgo.
De acuerdo con él, la coautora del trabajo e investigadora de la Universidad Pompeu Fabra, Pura Muñoz – Canoves añade que existen claras evidencias de que los músculos pierden capacidad de autolimpiarse con el paso del tiempo, y que, en concreto, aminora su capacidad de eliminar mitocondrias dañadas (proceso conocido como mitofagia).
“No se sabe por qué ocurre este declive, pero el empeoramiento con la edad del sistema inmune y los macrófagos, como apunta Andrés, podría contribuir a ello”, concluye.
Referencia:
Pena-Couso L, et al. Tissue mitochondrial activity dictates the macrophage pool size. Science Immunology. 2026.