En medio de olas de calor extremas y temperaturas medias que no paran de crecer cada año por la crisis climática, el uso del aire acondicionado se está volviendo prácticamente imprescindible en muchos lugares. Sin embargo, también contribuye a su vez al calentamiento del planeta y su utilización no está al alcance de todo el mundo.
¿Poner el aire acondicionado en casa, a favor o en contra? Por un lado, las olas de calor en España son cada vez más frecuentes y extremas debido al cambio climático. El pasado verano fue el más cálido en la serie histórica, según apuntó la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), que registró 33 días bajo ola de calor, con temperaturas que superaron los 45 grados en varios puntos de la península.
De hecho, con Europa sumida en una ola de calor, la Comisión Europea no descarta que el aire acondicionado y la refrigeración de edificios acaben convirtiéndose en un asunto de debate político en la Unión Europea.
Por otro lado, el uso del aire acondicionado emite gases de efecto invernadero a la atmósfera. La Agencia Internacional de la Energía (AIE, por sus siglas en inglés) estima que en 2022 la refrigeración de espacios generó alrededor de 1 000 millones de toneladas de CO₂ debido al consumo eléctrico. Estas emisiones agravan la crisis climática y harán que haya aún más temperaturas extremas el año siguiente. Es el pez que se muerde la cola.
Y para más mordida, no todos los hogares pueden permitirse tener y encender regularmente un aparato de aire acondicionado. Según un informe de Greenpeace presentado en 2025, una de cada tres familias no puede mantener una temperatura adecuada en su vivienda en los meses de calor. ¿Cuál es, entonces, la respuesta?
Manuel Ruiz de Adana, investigador de la Universidad de Córdoba y responsable del Grupo de Investigación en Ingeniería Térmica Aplicada, subraya que la climatización busca garantizar el confort térmico dentro de los edificios pero, sobre todo, es una cuestión de salud.
“Es algo muy importante en las personas mayores y los niños porque su sistema termorregulatorio es muy sensible. El estrés térmico aparece muy rápido y puede afectar a su salud”, afirmó en un briefing organizado por el Science Media Centre España. “En ellos, estar en una habitación con una temperatura adecuada es una protección sanitaria”.

Para mayores y niños, estar en una habitación con una temperatura adecuada es una protección sanitaria

Ruiz de Adana explica que la climatización depende de varios factores, algunos propios de la persona, como el grado de actividad o la ropa que use, pero la mayoría dependen del entorno, como la temperatura y la velocidad del aire, la humedad, la ventilación y la temperatura radiante. “Controlar la temperatura del aire es el más relevante, pero no es el único factor”, dice el investigador.
Además, el aire acondicionado también tiene desventajas para el exterior. Según Ruiz de Adana, una tecnología estándar extrae unas diez unidades de energía del interior para enfriar y consume cinco unidades de energía eléctrica. Es decir, un equipo estaría expulsando 15 unidades de calor equivalentes al entorno del edificio. “Y cuantas más viviendas haya con esta tecnología, más calor se emite”, dice el investigador.
Para Marta Olazabal, jefa del Grupo de Investigación en Adaptación al Cambio Climático del BC3, “el debate de usar o no el aire acondicionado radica precisamente en eso, que no solo es el consumo eléctrico energético para el funcionamiento, también cuenta el calor que expulsa al entorno del edificio”.
“A largo plazo estamos consumiendo más energía y emitiendo más gases de efecto invernadero que hace que, al final, los impactos del cambio climático sean peores”, dice. Aunque matiza: “En realidad, el uso del aire acondicionado no es sostenible a largo plazo, pero sí que es necesario en muchos casos”.

El uso del aire acondicionado no es sostenible a largo plazo, pero sí que es necesario en muchos casos

Ruiz de Adana coincide. “Estamos asistiendo a un escenario de cambio climático, obviamente vamos a tener que utilizarlo. Lo que hay que tener claro es que, aunque es la solución más habitual y frecuente, no es la única”.
En este sentido, el investigador señala que una de las vías que se están barajando es crear un aire acondicionado descarbonizado. “Una estrategia que se está estudiando es mejorar radicalmente la eficiencia de los equipos, por ejemplo, con bombas de calor reversibles de alta eficiencia o compresores modulares, además de reducir fugas y usar refrigerantes de bajo impacto climático”, señala el investigador a SINC.
Precisamente uno de los mayores culpables de las emisiones de gases de efecto invernadero por parte de los aires acondicionados son los refrigerantes que usa. Pero ya hay alternativas. Un estudio publicado en la revista Encyclopedia el pasado año estudió varias opciones de refrigerantes de bajo impacto climático. Según los resultados, aunque no hay una sola opción clara, existen diversos productos adecuados según la localización geográfica que supondrían una “gran diferencia” en cuanto a sus emisiones, según los autores.
Otra vía es que los equipos se apoyen en electricidad renovable. El aire acondicionado eléctrico puede ser bajo en carbono si la electricidad procede de fotovoltaica, eólica u otras fuentes renovables.
“En climas cálidos, la fotovoltaica tiene una buena correlación temporal con la demanda de frío, aunque no siempre cubre la demanda de tarde-noche”, dice Ruiz de Adana. Aunque apunta que, en todo caso, se hablaría de una climatización de “muy bajas emisiones”, más que de “100 % descarbonizado”.
Aun así, Marta Olazabal, del BC3, insiste en que no todo el mundo puede permitirse tener un aire acondicionado en casa e incluso, aunque lo tengan, ponerlo en marcha regularmente.
“La situación va a empeorar. Vamos a tener peores olas de calor y noches tropicales en la mayoría de las ciudades, y el aire acondicionado no está al acceso de todo el mundo. Tenemos que implementar otro tipo de medidas para que el confort térmico no esté a disposición solo de unos pocos”, dice a SINC.
Esto es especialmente acuciante en las ciudades, donde ocurren las llamadas ‘islas de calor’, es decir, el aumento de temperatura en áreas urbanas por el material de las ciudades como el asfalto, las fachadas o, precisamente, los aparatos de climatización que echan aire caliente al exterior. Según un estudio publicado en Nature en 2023, una isla de calor puede suponer hasta 10 ºC más de diferencia con las zonas rurales.
Por eso, para Olazabal, las intervenciones en el espacio público “son críticas para mantener el confort térmico”. Una de las medidas más populares en este sentido son los refugios climáticos, pero la investigadora señala que se trata de una solución “a corto plazo”. “No es sostenible, no puede ser la única medida de adaptación que tomen las ciudades”.

Los refugios climáticos son una solución a corto plazo. No puede ser la única medida de adaptación que tomen las ciudades

La investigadora del BC3 señala que existen subvenciones del 50 % para el aislamiento de fachadas o para la instalación de equipos de aire acondicionado en las casas, pero no le parecen suficientes.
“Al final, las familias que acceden a las subvenciones de aislamiento son de rentas altas. Mucha gente no puede poner el otro 50 %. Y en el caso del aire, si subvencionas el equipo, dejas de lado el coste que significa ponerlo en marcha y habrá familias que no se lo puedan permitir. Necesitamos una normativa acorde con las necesidades actuales. Y de momento no la tenemos”, insiste.
Ruiz de Adana coincide en que la climatización descarbonizada no consiste solo en instalar máquinas más eficientes: “El cambio estructural es pasar de una lógica de equipo individual por edificio a una lógica de sistema energético urbano, donde el frío, el calor residual, la electricidad renovable, el almacenamiento y la gestión de la demanda se optimizan conjuntamente”.
Una de las herramientas que se proponen son las llamadas redes de distrito, especialmente en zonas urbanas densas, campus, hospitales, barrios nuevos, polígonos y edificios terciarios con demanda simultánea de calor y frío.
Una red de distrito de calor es una infraestructura urbana que produce energía térmica en una o varias centrales y la distribuye mediante tuberías enterradas hasta edificios conectados. El fluido suele ser fundamentalmente agua caliente y, en redes de frío, agua fría.
“En vez de que cada edificio tenga su propia caldera, enfriadora o bomba de calor, se instala una central energética común y cada edificio dispone de una subestación de intercambio térmico”, explica el experto.
En España ya existen 585 redes de calor y frío, más de 8 000 edificios conectados y más de 1 100 kilómetros de red, según el Censo ADHAC 2025. La más representativa, según Ruiz de Adana, es la red de calor y frío de Districlima en Barcelona. Pero también existen en otras ciudades como Zaragoza, Móstoles, Valladolid o Soria.
“Las tecnologías ya están ahí y se pueden utilizar. Necesitamos el cambio de nuestros gestores municipales para que sean conscientes de que en el diseño de nuevos barrios y en las rehabilitaciones de vecindarios existentes tengan en cuenta estas tecnologías”, añade.
Al final, ambos investigadores creen que la adaptación pasa por llevar a cabo varias estrategias al mismo tiempo. “Todas las medidas son necesarias. Con las temperaturas actuales y las que habrá, en Europa no podemos prescindir de sistemas de climatización”, dice Ruiz de Adana.

Todas las medidas son necesarias. Con las temperaturas actuales y las que habrá, en Europa no podemos prescindir de sistemas de climatización

La adaptación está también, según el investigador, en medidas pasivas, es decir, reducir la demanda de frío antes de producirlo con planes como el aislamiento, la ventilación nocturna o la vegetación urbana.
Olazabal también opina que la solución puede pasar por la combinación de energías renovables y un uso óptimo del aire acondicionado. Pero va más allá. “El debate no es aire acondicionado sí o no. Es demandar confort térmico, también en las ciudades. Dentro y fuera de los edificios”.