Cazadoras de eclipses: mujeres que abrieron los ojos de la ciencia a los astros

No es ninguna sorpresa que durante largo tiempo a las mujeres se les negó el acceso a estudios y carreras científicas. Lo sorprendente es que, pese a ello, pudiera surgir una oleada de astrónomas que, sobre todo en el siglo XIX y en los países anglosajones, persiguieron, observaron y estudiaron eclipses solares viajando por todo el mundo.  

Cazadoras de eclipses: mujeres que abrieron los ojos de la ciencia a los astros
Annie Russell Maunder, operando sus dos cámaras para fotografiar el eclipse total de Sol del 28 de mayo de 1900 en la azotea del Hotel de la Régence en Argel. Fotografía tomada por su hijastra Edith. / Wikimedia Commons

Quien le pida información a internet sobre mujeres y eclipses puede que se tope con antiguos mitos según los cuales estos fenómenos astronómicos acarrean riesgos de deformidad o muerte para un feto en gestación; junto con los correspondientes rituales de protección y, naturalmente, la información científica que desmiente todas estas supersticiones. Cómo no, las búsquedas sobre hombres y eclipses devuelven resultados con un cariz muy diferente.

Es solo un detalle que revela cómo, pese a los avances, en pleno siglo XXI aún persiste cierto poso de invisibilización; si bien nada comparable a la que en su día sufrieron las investigadoras que nos han legado buena parte del conocimiento que hoy tenemos sobre los eclipses solares, y que nos ha ayudado a entender el Sol y nuestra propia Tierra. Sus valiosos logros se impusieron a las trabas sufridas por su condición de mujeres, a menudo eclipsadas ellas mismas por maridos o supervisores.

Acusada de bruja por “bajar la Luna”

El ejemplo más antiguo lo encontramos entre los siglos II y I a.C. en la región griega de Tesalia, donde vivió la astrónoma Aglaonice. Si es que realmente fue así; aunque aparece mencionada en escritos de Plutarco y otros autores, su existencia no se da por segura. Es posible que la referencia a ella englobe a un grupo de mujeres que fue conocido como las “brujas de Tesalia”. Su brujería, se decía, era el poder de “bajar la Luna”.

Aglaonice habría tenido acceso a los calendarios mesopotámicos de eclipses, y por ello se habría creído que era ella quien hacía desaparecer la Luna

En realidad, la capacidad de Aglaonice era la de predecir los eclipses, según se ha interpretado. Por entonces su predicción aún no constaba en el conocimiento occidental, pero los babilonios, en la región de Mesopotamia, sí habían calculado los periodos de repetición de estos fenómenos que hoy se denominan ciclos de saros.

Aunque existen referencias a la predicción de un eclipse solar por parte de Tales de Mileto en el siglo VI a.C., de ser cierto se presume que el filósofo griego se habría basado en el conocimiento babilónico.

Igualmente, Aglaonice habría tenido acceso a los calendarios mesopotámicos de eclipses. Pero entonces no era habitual conceder a las mujeres excesivo crédito en materia de conocimiento, y por ello se habría creído, o tal vez hecho creer, que era ella quien hacía desaparecer la Luna. Ya existiera Aglaonice o fuese un nombre ficticio, lo que muestra el caso es que, desde muy antiguo y durante siglos, la ciencia en manos de mujeres fue juzgada como hechicería.

La astrónoma china que simulaba eclipses

La predicción de los eclipses tardaría siglos en dominarse en otras regiones, mucho antes en China que en Occidente. Es allí donde aparece el siguiente nombre femenino: de 1768 a 1797, solo 29 años, vivió Wang Zhenyi. Los impedimentos para que una mujer se dedicara al estudio de las ciencias no eran menores entonces en China que en Europa. Pero el talento germina si se abona, y por fortuna Wang contó con padres y abuelos que le facilitaron una formación científica, a lo que ella unió el estudio autodidacta de la ciencia oriental y occidental.

Los estudios de Wang Zhenyi sirvieron para desmontar creencias de la época, incluyendo la noción de la Tierra plana

La astronomía fue una de las materias en las que se instruyó y a la que dedicó trabajo experimental, construyendo modelos de eclipses solares y lunares en un pabellón del jardín, utilizando para ello objetos como lámparas y espejos con el propósito de comprender y explicar su funcionamiento. Estos estudios sirvieron para desmontar creencias de la época, incluyendo la noción de la Tierra plana.

Además de la astronomía, cultivó disciplinas tan diversas como las matemáticas, la medicina, la geografía, la poesía o las artes marciales. Para una vida tan corta dejó una profusa obra, incluyendo varios trabajos científicos y divulgativos, junto con una amplia colección de poemas. Fue pionera en la defensa de la igualdad entre hombres y mujeres. Se cree que fue la malaria la causante de su muerte prematura, sin dejar descendencia que continuara su obra.

Carrera científica, solo para hombres

No fue hasta el siglo XIX cuando la ciencia comenzó a definirse como una profesión. Hasta entonces había sido una afición de caballeros acomodados. Pero continuó siendo una ocupación de caballeros; no de damas, “debido a las barreras institucionales y sociales en la época, empezando por las limitaciones en las opciones educativas”, expone a SINC Megan Rhian Briers, del Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia, que trabaja en una tesis doctoral sobre las mujeres en el trabajo astronómico de campo en el siglo XIX.

En el siglo XIX la ciencia comenzó a definirse como una profesión, pero continuó siendo una ocupación de caballeros, no de damas

La astronomía, además, tenía dificultades añadidas: “Para que te reconocieran como colaborador importante debías tener acceso a tecnología costosa y a las organizaciones donde las ideas se compartían y los descubrimientos se acreditaban y publicaban”, comenta a SINC la historiadora de astronomía Toner Stevenson, de la Universidad de Sídney y coautora del libro Eclipse Chasers (CSIRO publishing, 2023).

Por si fuera poco, en particular la observación de eclipses planteaba sus propios retos. Según Stevenson, “las expediciones solían ser a ubicaciones remotas sin instalaciones ni comodidades, y requerían equipos, medios y conexiones diplomáticas para cruzar fronteras”. Todo lo cual, prosigue la historiadora, implicaba que era esencial formar parte de un grupo, ya fuera universidad, observatorio o sociedad científica, sin desdeñar la conveniencia de disponer de riqueza propia. “Para una mujer, si tenía niños, era aún más difícil”.

El florecimiento de las astrónomas

Frente a estos obstáculos, es sorprendente que en el siglo XIX surgiera una pujante oleada de mujeres que consiguieron inscribir su nombre para la posteridad en la ciencia de los eclipses, principalmente en los países anglosajones. La Royal Astronomical Society (RAS) de Londres aceptó en 1835 a las dos primeras mujeres, Mary Somerville y Caroline Herschel, pero solo como miembros honorarias. La equiparación aún estaba lejos; en cambio, la British Astronomical Association (BAA) acogió a las mujeres desde su fundación a finales del XIX.

La Royal Astronomical Society aceptó en 1835 a las dos primeras mujeres, Mary Somerville y Caroline Herschel, pero solo como miembros honorarias

Según Stevenson, aquellas pioneras tenían algo en común: “Crecieron en familias donde la educación era una prioridad, no estaban sujetas a servidumbre doméstica, y solían pertenecer a alguna sociedad astronómica amateur o estaban casadas con un astrónomo”.

Una excepción a esto último es quien suele aparecer en lo más alto de la lista de aquellas investigadoras, la irlandesa Annie Scott Dill Russell, quien ya trabajaba en el Real Observatorio de Greenwich cuando se casó con un astrónomo, su supervisor, Edward Walter Maunder.

Russell había estudiado en Cambridge, sin recibir titulación porque no se concedía a las mujeres, y las normas la obligaron a dejar su trabajo al casarse. Nada de ello le impidió convertirse en una referencia en la fotografía de eclipses y el estudio del Sol. “Su trabajo fue muy innovador y original”, cuenta a SINC Silvia Dalla, física solar de la Universidad de Lancashire. Para fotografiar un eclipse en India en 1898, diseñó una cámara con un gran angular que le permitió capturar el rayo más largo de la corona solar que se había registrado.

Annie Russell Maunder diseñó una cámara con un gran angular que le permitió capturar el rayo más largo de la corona solar que se había registrado

Sus investigaciones definieron el llamado diagrama de mariposa que muestra la posición de las manchas solares, y ligaron la actividad del Sol a las tormentas magnéticas. El mínimo solar de Maunder, acaecido en los siglos XVII-XVIII, recuerda a la pareja, aunque el trabajo se publicó solo con el nombre de él por las razones consabidas.

Intrépidas y aventureras

Una peculiaridad de la investigación sobre eclipses es que no pueden llevarse al observatorio. Como apunta Stevenson, este trabajo exigía desplazarse a lugares remotos, en un mundo menos accesible y globalizado que el de hoy. Maunder participó en expediciones de la BAA a Noruega, India, Mauricio, Canadá y Argelia. En esta última, para presenciar el eclipse total del 28 de mayo de 1900, viajaron también dos hijas de un anterior matrimonio de su esposo, Edith e Irene, junto con las también astrónomas de la BAA Catherine Octavia Stevens, Lilian Martin-Leake y Mary Acworth Orr (de casada Evershed).

La investigación sobre eclipses exigía desplazarse a lugares remotos, en un mundo menos accesible y globalizado que el de hoy

Otra eminente astrónoma de eclipses fue la norirlandesa Alice Everett, la primera mujer que trabajó en el observatorio de Greenwich; fue ella quien alentó a su gran amiga Annie Russell a optar a una plaza vacante.

Las dos, junto con una tercera, Elizabeth Brown, solicitaron en 1892 el ingreso como socias de pleno derecho en la RAS; “pero en el voto secreto no se alcanzaron los dos tercios necesarios de apoyo de los socios masculinos”, explica Dalla.

Brown fue una intrépida cazadora de eclipses: en 1887 viajó con su prima segunda Martha Louisa Jefferys a Rusia, y dos años después ambas repitieron en la isla caribeña de Trinidad. La propia Brown financiaba sus expediciones; organizó la de Trinidad como alternativa a las dos oficiales enviadas por la RAS a otros lugares.

Las contribuciones de las mujeres fueron omitidas en las fuentes en las que se ha basado la historia de las expediciones de eclipses

Deborah Kent, Universidad de St. Andrews

Según un estudio dirigido por la historiadora de la astronomía y las matemáticas Deborah Kent, de la Universidad de St. Andrews, la comunidad astronómica ignoró su trabajo: “Brown y Jefferys son invisibles en los informes oficiales”.

“Las contribuciones de las mujeres fueron omitidas en las fuentes en las que se ha basado la historia de las expediciones de eclipses”, señala Kent a SINC. “Las observaciones de las mujeres podían cuestionarse, requerían verificación adicional o quedaban incluidas en los informes de los hombres”. Brown describió sus propias experiencias en dos volúmenes, In Pursuit of a Shadow (1887) y Caught in the Tropics (1890).

Computadoras humanas

Fuera de las islas británicas, al otro lado del Atlántico cabe reseñar a Elizabeth Thompson (de casada Campbell), a quien Stevenson define como “avezada observadora de eclipses, capaz de manejar telescopios, equipo fotográfico y espectrógrafos para analizar la composición química de la corona solar”; o a Maria Mitchell, de quien se dice que fue la primera astrónoma profesional de EE UU al incorporarse en 1865 al observatorio del Vassar College de Nueva York. En 1878 lideró una expedición cien por cien femenina a Colorado, con cinco de sus alumnas.

En 1878 Maria Mitchell lideró una expedición cien por cien femenina a Colorado, con cinco de sus alumnas

Ya a comienzos del siglo XX y a medida que las organizaciones científicas abrían sus puertas a las mujeres, la participación de las astrónomas en el estudio de los eclipses aumentó.

En Australia despuntó Annie Louisa Trehy (de casada Dodwell), que en 1910 dirigió una expedición a la isla de Bruny, junto a Tasmania. Aunque las nubes impidieron la visión del eclipse, los cambios de temperatura registrados durante la totalidad fueron de interés.

Tampoco la aportación de las mujeres a la observación de los eclipses se limitó a las científicas. Según Briers, “si ampliamos el concepto de lo que significa hacer astronomía, encontramos mujeres por todas partes: colaborando desde casa, en las expediciones, escribiendo informes para audiencias generales o especializadas”.

Preparaban las campañas, operaban equipos, recogían datos; eran colaboradoras, esposas, hijas… Para Kent, “está bien documentado que el trabajo de las mujeres permitía a los hombres hacer investigación científica”.

La aportación de las mujeres no se limitó a las científicas: preparaban las campañas, operaban equipos, recogían datos

Merece mención especial el caso de las lady computers, mujeres empleadas como computadoras humanas. Esta fue la ocupación, al menos en sus inicios, de muchas de las figuras mencionadas, incluyendo a Russell Maunder. “Era un trabajo temporal y mal pagado, considerado de bajo nivel e infravalorado”, dice a SINC la física solar de la Universidad de Glasgow Lyndsay Fletcher. “Se les asignaban mediciones, catalogación o cálculos repetitivos, pese a lo cual se exigía un alto grado de capacitación; a menudo producían avances valiosos”.

España, pocos ejemplos históricos

Y ¿qué hay de España? “La investigación en astronomía no se desarrolló aquí con el mismo auge que en otros países europeos, hay pocas figuras destacables y prácticamente todas son hombres”, resume a SINC Carme Jordi, astrónoma de la Universitat de Barcelona. Jordi apunta que actualmente las mujeres aún suman algo menos de un tercio de la comunidad astronómica española; es imaginable su escasísima representación en el pasado.

Las mujeres aún suman algo menos de un tercio de la comunidad astronómica española

Así, hay pocos nombres coetáneos de las anglosajonas, y menos aún en el campo de los eclipses. Jordi menciona a la madrileña Isabel Muñoz-Caravaca, matemática, maestra y astrónoma autodidacta. Trasladada a Guadalajara, en 1905 fue anfitriona del astrónomo francés Camille Flammarion cuando viajó a Almazán (Soria) a observar un eclipse de Sol.

En tiempos más recientes, en la segunda mitad del siglo XX, Jordi destaca a la barcelonesa Maria Assumpció Català i Poch, que “durante más de 30 años investigó manchas solares y realizó cálculos sobre órbitas y eclipses”. Salvando a estas valiosas pioneras, la rara presencia histórica femenina, se lamenta Jordi, “dificulta que las mujeres tengan ejemplos a seguir”.

La rara presencia histórica femenina dificulta que las mujeres tengan ejemplos a seguir

Carme Jordi, Universitat de Barcelona
Fuente:
SINC
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