El aumento de las temperaturas y la prolongación de las sequías favorecen incendios forestales cada vez más intensos y difíciles de controlar. Investigadores especializados en ecología, gestión forestal y modelización del riesgo coinciden en que gestionar mejor el territorio e incorporar la biodiversidad a la planificación son claves para minimizar su impacto.
El pasado verano, mientras varios incendios forestales avanzaban de forma simultánea en distintos puntos del país, algunas personas decidieron implicarse directamente en las tareas de apoyo a los equipos de emergencia.
Una de ellas fue la investigadora de la Universidad de León Estrella Alfaro Saiz. Durante varios días participó como voluntaria en las labores de extinción de un incendio que avanzaba sobre un pueblo de León. Aquella experiencia le permitió observar de cerca cómo una emergencia transforma el paisaje, pero también las prioridades.
“Proteger vidas y viviendas es la urgencia, pero la conservación de los ecosistemas suele quedar relegada por la falta de información y coordinación previa. En una emergencia de este tipo, el territorio se convierte en gente, humo, miedo, solidaridad, decisiones rápidas y una enorme incertidumbre", dice a SINC la profesora del departamento de Biodiversidad y Gestión Ambiental.

En una emergencia de este tipo, el territorio se convierte en gente, humo, miedo, solidaridad, decisiones rápidas y una enorme incertidumbre

"Aprendí bastante sobre el papel de los profesionales en extinción de incendios y también que el conocimiento local es imprescindible. La gente que vive allí sabe qué caminos son transitables, por dónde pasa un bulldozer, dónde hay agua, qué zonas son más peligrosas y qué lugares tienen un valor especial".
Alfaro Saiz recuerda especialmente una reflexión que escuchó de algunos vecinos y que resume el vínculo entre las comunidades rurales y el territorio. "Algunas de las personas que vivían allí consideraban que una casa quemada era susceptible de construirse, pero que, si se quemaba el bosque maduro con todos sus habitantes no humanos, estas personas no tendrían ningún hogar al que volver".
Su experiencia sobre el terreno conecta con una de las principales conclusiones del informe sobre los incendios en la Cordillera Cantábrica en el que ha participado la investigadora. A su juicio, el balance de un gran fuego no puede limitarse a la superficie afectada, ya que algunas de las zonas quemadas albergan poblaciones muy reducidas de especies amenazadas o endémicas cuya pérdida puede tener consecuencias mucho más profundas.
Entre los casos analizados, el trabajo recoge afecciones sobre el desmán ibérico, el área de expansión del oso pardo o diversas plantas endémicas del Bierzo, cuyos hábitats son especialmente sensibles a este tipo de perturbaciones. "Y cuando hablamos de especies en situaciones demográficas delicadas, el daño implica pérdida de refugios, enclaves críticos, conectividad y posibilidades de supervivencia", explica.

Aprendí bastante sobre el papel de los profesionales en extinción de incendios y también que el conocimiento local es imprescindible

Asimismo, señala que hacen falta programas de seguimiento específicos que comparen la situación de las poblaciones antes y después del fuego y analicen también áreas que no se han visto afectadas.
"No podemos hablar todavía de irreversibilidad demostrada, pero sí de un riesgo real de que algunas afecciones sean muy difíciles de revertir si no se actúa con rapidez y con criterios científicos", sostiene. "En especies escasas, endémicas o amenazadas, perder un enclave crítico no equivale simplemente a perder una superficie: puede significar perder conectividad, reducir la viabilidad de una población o comprometer áreas necesarias para su recuperación futura".
Para evitar que la conservación llegue cuando el daño ya está hecho, Alfaro defiende que la información científica sobre especies amenazadas debería formar parte de la gestión de las emergencias desde el primer momento.
En su opinión, no basta con disponer de inventarios o informes técnicos, la información debe traducirse en herramientas útiles para quienes toman decisiones durante una emergencia. "La información tiene que estar disponible en una cartografía actualizada de especies amenazadas, enclaves críticos, áreas de reproducción, refugios, corredores ecológicos, cabeceras de cuenca, zonas especialmente vulnerables a la erosión y áreas de alto valor de conservación".
La investigadora insiste en que estos datos deben servir para establecer prioridades de actuación antes, durante y después de la emergencia. "La prioridad de conservación debería ser un criterio de decisión. Si durante la extinción se emplean maquinaria pesada, cortafuegos, contrafuegos, pistas de acceso o puntos de intervención sin conocer los enclaves sensibles, podemos añadir daños ecológicos sobre zonas que ya están sometidas a una perturbación extrema", subraya.
Un helicóptero trabaja en la extinción del incendio producido en el parque natural de Despeñaperros (Jaén). / EFE/José Manuel Pedrosa
Aunque todavía es pronto para conocer todas las consecuencias ecológicas de los grandes incendios, los primeros datos apuntan a una situación preocupante para algunas de las especies más vulnerables de la Cordillera Cantábrica.
Para ello, explica, será necesario realizar un seguimiento específico que permita determinar si ha habido mortalidad directa, pérdida de núcleos de población, alteraciones en la reproducción o degradación del hábitat. Además, se deberán evaluar los efectos indirectos del fuego, como la erosión, la alteración de los cursos de agua o la pérdida de polinizadores.

No basta con esperar a que el paisaje vuelva a cubrirse de verde, hay que comprobar si esos sistemas siguen sosteniendo a las especies que antes estaban allí y si conservan las funciones ecológicas

"No basta con esperar a que el paisaje vuelva a cubrirse de verde, hay que comprobar si esos sistemas siguen sosteniendo a las especies que antes estaban allí y si conservan las funciones ecológicas que hacían posible su supervivencia", concluye.
Si la conservación de la biodiversidad debe incorporarse a la planificación, esa estrategia pasa también por gestionar la vegetación antes de que lleguen las llamas. Cristina Fernández Filgueira, investigadora científica de la Misión Biológica de Galicia (MBG-CSIC), estudia desde hace años cómo distintas técnicas preventivas modifican la cantidad de combustible disponible y su efecto sobre el comportamiento del fuego.
"La quema prescrita es el método más eficaz para reducir la cantidad de biomasa sin alterar la composición de la comunidad vegetal ni al suelo siempre que se realice de forma apropiada", declara a SINC.

La quema prescrita es el método más eficaz para reducir la cantidad de biomasa sin alterar la composición de la comunidad vegetal ni al suelo siempre que se realice de forma apropiada

Sus investigaciones se han centrado especialmente en comunidades de matorral, el tipo de vegetación más afectado históricamente por los incendios. Aunque otras alternativas, como el desbroce o la trituración, pueden ser útiles en determinadas circunstancias, advierte de que depositar la vegetación cortada sobre el suelo genera materia seca que puede convertirse en combustible a largo plazo y dificultar la regeneración de algunas especies.
Para la investigadora, no existe una solución única. La elección de cada actuación debe adaptarse a las características de la vegetación y combinar distintas técnicas según la ecología de las especies presentes, con el objetivo de reducir el combustible sin comprometer la biodiversidad ni la calidad del suelo.
Frente a la idea extendida de que las lluvias abundantes del invierno explican por sí solas el aumento de la vegetación, Fernández matiza que el crecimiento depende sobre todo de las precipitaciones de primavera y de la disponibilidad de agua durante la época de mayor peligro.
En Galicia, explica, el principal problema es que gran parte del territorio acumula una elevada cantidad de vegetación continua, lo que facilita la propagación del fuego. "Las acciones preventivas orientadas a reducir la cantidad y continuidad de la vegetación podrían reducir riesgos no tanto de la ocurrencia de incendios, que tienen una gran intencionalidad, sino de su severidad o del nivel de daño que puedan causar", afirma.

Las pequeñas propiedades con escasa gestión, donde se acumula gran cantidad de combustible, deberían ser prioritarias para disminuir el riesgo de incendios de alta severidad

En su opinión, las pequeñas propiedades con escasa gestión, donde se acumula gran cantidad de combustible, deberían ser prioritarias para disminuir el riesgo de incendios de alta severidad.
Los estudios que desarrolla actualmente la MGB muestran además que la recuperación de la vegetación tras una quema prescrita suele producirse en apenas cuatro o cinco años en buena parte del territorio gallego. Ese resultado indica que estas actuaciones deben repetirse periódicamente, especialmente en las zonas estratégicas para la contención del fuego.
Con ese objetivo, el equipo analiza ahora la combinación de distintos tratamientos, como el uso conjunto de fuego prescrito y desbroce, para prolongar su eficacia sin perjudicar la biodiversidad vegetal ni la calidad del suelo.
Bomberos trabajan en el incendio forestal de Leciñena (Zaragoza). / EFE/ Javier Cebollada
Mientras la Unión Europea ha activado para el verano de 2026 la mayor operación de respuesta a incendios forestales de su historia —con 777 bomberos, 22 aviones y cinco helicópteros para apoyar a los países con mayor riesgo, entre ellos España—, los científicos coinciden en que reforzar la capacidad de extinción no bastará si no aumenta también la prevención sobre el territorio.
La ola de incendios de 2025 confirmó, según Fernandez, la vulnerabilidad del paisaje ante episodios extremos favorecidos por el cambio climático. El análisis realizado por su grupo identificó que la cantidad de vegetación disponible para arder y su estado de humedad fueron algunos de los factores que más influyeron en la severidad de los incendios.

Hace falta crear una nueva conciencia del riesgo en la población ante eventos extremos, tratando de mejorar la autoprotección y reduciendo la intencionalidad

"Esto exige un mayor esfuerzo en las tareas de prevención que actúen sobre la vegetación", sostiene. En ese sentido, considera que debería generalizarse el uso del fuego prescrito en invierno en las comunidades de matorral y reforzar la gestión de las zonas de transición entre los núcleos habitados y las áreas forestales, donde el abandono del territorio favorece la acumulación de combustible.
No obstante, Fernández recuerda que la gestión forestal por sí sola no basta para reducir el riesgo. "Hace falta crear una nueva conciencia del riesgo en la población ante eventos extremos, tratando de mejorar la autoprotección y reduciendo la intencionalidad", asevera.
Además de estudiar cómo gestionar el territorio, los científicos también buscan anticipar dónde existe un mayor riesgo de que se origine un incendio. En esa línea trabaja Pere Joan Gelabert Vadillo, científico departamento de Ingeniería Agroforestal de la Universidad de Lleida, que ha publicado dos estudios recientes en Natural Hazards and Earth System Sciences y Geomatics, Natural Hazards and Risk. En ellos analiza, por un lado, qué factores determinan la probabilidad de que se inicie un incendio de origen humano y, por otro, cómo ese riesgo aumentará y se desplazará en las próximas décadas como consecuencia del cambio climático.

Hemos desarrollado un modelo espacial que predice la probabilidad de que ocurra un incendio en un lugar determinado, pero no cuándo sucederá

"Nuestro trabajo no anticipa incendios en tiempo real. Hemos desarrollado un modelo espacial que predice la probabilidad de que ocurra un incendio en un lugar determinado, pero no cuándo sucederá", declara a SINC.
Para ello, explica, el modelo integra información sobre la humedad del combustible, la estructura de la vegetación, la proximidad a carreteras, la densidad de población o la presencia de zonas de interfaz urbano-forestal.
Los resultados de ambos trabajos muestran que el riesgo de incendio depende de la interacción entre el clima, el estado de la vegetación y la actividad humana. Entre todos esos factores, la humedad del combustible aparece como la variable más determinante. Cuanto más seca está la vegetación, mayor es la probabilidad de que una chispa termine originando un incendio.
A ello se suman factores como la cercanía a carreteras o a zonas donde los núcleos urbanos limitan con el bosque, espacios que concentran una parte importante de las igniciones.
El investigador subraya que estas herramientas no pretenden sustituir la vigilancia sobre el terreno, sino orientar las estrategias preventivas. Al identificar las áreas más vulnerables, los modelos permiten priorizar actuaciones de gestión forestal, campañas de sensibilización o medidas de protección en los lugares donde el riesgo es mayor.

Para reducir igniciones, es clave actuar sobre la causa humana: campañas de concienciación en zonas urbanas cercanas al bosque y un control exhaustivo del estado de la maquinaria agrícola

"El modelo permite identificar las zonas donde es más probable que se inicie un incendio y que, además, se escape al control inicial", explica. "Para reducir igniciones es clave actuar sobre la causa humana: campañas de concienciación en zonas urbanas cercanas al bosque y un control exhaustivo del estado de la maquinaria agrícola".
También considera importantes las franjas de seguridad en carreteras y vías de tren, ya que estas infraestructuras pueden generar chispas capaces de iniciar un fuego.
Gelabert insiste además en que conviene desterrar una idea muy extendida sobre el origen de los incendios. "Es importante matizar que no hablamos de incendios 'provocados', sino de incendios de causa humana, que es distinto", señala. "La gran mayoría restante son de origen humano, pero principalmente accidentes, no acciones intencionadas".
Método de trabajo de las BRIF. / MITECO
Los escenarios futuros apuntan además a un incremento del riesgo debido al cambio climático. Según el estudio centrado en la costa mediterránea, la probabilidad de ignición aumentará y se extenderá hacia zonas donde actualmente es menor.
Aunque la actividad humana seguirá desempeñando un papel fundamental, las condiciones ambientales irán ganando peso a medida que aumenten las temperaturas y disminuya la humedad del combustible.
"La humedad del combustible es clave: cuánto menor es el contenido de agua en la vegetación, más fácilmente arde y se propaga el fuego. Con temperaturas más altas y condiciones más secas, el riesgo aumenta", resume.

Se ha invertido mucho en medios de extinción, en los que España es muy avanzada, pero la prevención ha quedado rezagada

A su juicio, este escenario obliga a replantear el equilibrio entre los recursos destinados a extinguir incendios y los dedicados a evitarlos. "Actualmente nos enfrentamos a lo que se denomina la 'paradoja de la extinción'. Se ha invertido mucho en medios de extinción, en los que España está muy avanzada, pero la prevención ha quedado rezagada".
Por ello, considera que la gestión forestal debe ocupar un lugar central en las políticas públicas. "Es necesario reducir la continuidad del combustible, tanto horizontal como vertical, evitando que las copas de los árboles se toquen y que haya conexión entre el sotobosque y las copas". Una estrategia que, concluye, requiere una mayor inversión para equilibrar los esfuerzos entre prevención y extinción.