Por qué ver el eclipse en compañía puede mejorar tu salud mental

Este miércoles millones de visitantes llegarán a España para observar el eclipse total de Sol. Igual que con el mundial de fútbol, compartir este acontecimiento con propios y ajenos despierta una satisfacción mayor y la ciencia nos explica por qué.

personas viendo el eclipse
Varias personas observan un eclipse parcial de Sol en 2015. / EFE | Paco Campos

Este pasado mes de julio España volvió a acoger concentraciones de personas en muchas de sus calles y plazas que –pese a no conocerse entre sí– gritaron al unísono con entusiasmo: ¡goool! Conforme España fue avanzando en el mundial, la euforia creció y no fue extraño ver tras la final a desconocidos abrazándose para celebrar el triunfo de ‘la Roja’.

Vivir acontecimientos tan señalados en grupo transforma la experiencia individual y produce una activación emocional incluso identitaria

Para los investigadores en psicología social, vivir acontecimientos tan señalados en grupo, como partidos, conciertos, manifestaciones o un eclipse, transforma la experiencia individual y produce una activación emocional incluso identitaria. En eso consiste el concepto de la ‘efervescencia colectiva’, acuñado por Émile Durkheim en el siglo XX.

“Nuestra psicología viene predestinada para poder conectar con otras personas y lo hacemos de manera muy automática. Cuando prestamos atención de manera colectiva pasamos del yo al nosotros. Sincronizamos conductas”, explica José J. Pizarro, investigador de la Universidad del País Vasco (EHU) y coautor de uno de los mayores metanálisis sobre este fenómeno.

Lo curioso es que no hace falta un ritual solemne para que esto ocurra. “Basta con sentir que se está participando de algo colectivo y eso ya construye una identidad de grupo, aunque sea con desconocidos”, señala Pizarro a SINC.

Basta con sentir que se está participando de algo colectivo y eso ya construye una identidad de grupo, aunque sea con desconocidos

José J. Pizarro (EHU)

Todo empieza en el cerebro: las neuronas motoras se activan automáticamente con solo ver el gesto de quien tenemos delante, empujándonos a imitarlo. Si además hablamos con ellos o compartimos su atención, nuestra actividad cerebral empieza a acompasarse con la suya. Y nuestro cuerpo tiende a moverse al mismo ritmo que el grupo, sin que lo decidamos conscientemente. Cuanta más atención, gestos y emoción compartimos, más intensa se vuelve la experiencia.

El asombro como mecanismo transformador

Y hay una emoción concreta que actúa como potenciadora de estos mecanismos: el asombro o ‘awe’ en la literatura científica, un término sin traducción directa al español y que podría entenderse como admiración, fascinación o sobrecogimiento.

Sean Goldy, investigador en la Universidad Johns Hopkins de EE UU lo define como una emoción que surge de la sensación de vivir algo que rompe nuestras expectativas. Una experiencia trascendental y sublime que produce efectos muy concretos: piel de gallina, la boca abierta y una tendencia a satisfacer las necesidades de otras personas. Incluso de desconocidos.

El eclipse que emocionó Twitter

En 2017 Goldy estudiaba los efectos del ‘awe’ para su tesis doctoral con vídeos y procedimientos estandarizados cuando advirtió la “oportunidad perfecta” para analizar esta emoción: las impresiones en redes sobre el eclipse total de Sol que cruzó Estados Unidos de costa a costa.

Su equipo analizó las publicaciones de 2,8 millones de usuarios de Twitter dentro y fuera de la franja de totalidad, y el resultado confirmó lo que sospechaban: “las personas en la franja de totalidad eran más propensas a mostrar asombro”, explica Goldy. Esto causaba que usaran más pronombres, como “nosotros” y “nuestro”, y menos lenguaje centrado en sí mismos, como “yo” o “mío”. También recurrían a un lenguaje más matizado, que podría asociarse con más humildad, y a más palabras asociadas a la generosidad, la afiliación y la familia.

Cuanto más asombro habían expresado el día del evento, mayor era el uso posterior del “nosotros”

Un segundo análisis, siguiendo a los mismos usuarios doce semanas antes y después del eclipse, mostró que cuanto más asombro habían expresado el día del evento, mayor era el uso posterior del “nosotros”.

Ahora el equipo de José J. Pizarro también busca medir la emoción con la que viviremos el eclipse del 12 de agosto a partir de unos sencillos cuestionarios disponibles el día del eclipse por la noche.

Las conexiones que la pantalla no puede replicar

Otro punto importante para entender el aspecto social de estas experiencias colectivas es la presencialidad.

Volviendo al ejemplo de un partido de fútbol, “la alegría o tristeza que veo en los demás está intensificando y retroalimentando la alegría que yo estoy sintiendo”, explica el psicólogo social José J. Pizarro. Nuestra psicología evolucionó para compartir momentos cara a cara con estímulos en directo, no para la mediación a través de una pantalla.

“Vivimos en una sociedad cada vez más insular, centrada en la autopromoción en redes como LinkedIn, atrapada en cámaras de eco cada vez más cerradas”, reconoce Sean Goldy. Frente a ese aislamiento, el investigador plantea que este tipo de experiencias podrían servir para construir un mayor sentimiento de comunidad.

Vivimos en una sociedad cada vez más insular, centrada en la autopromoción en redes como LinkedIn, atrapada en cámaras de eco cada vez más cerradas

Sean Goldy (Universidad Johns Hopkins)

Las sociedades industrializadas –sobre todo en Occidente– han roto muchos patrones de tradición. Para Pizarro, allí donde rituales todavía perduran –la misa dominical, la vida de barrio– siguen beneficiando a quienes participan en ellos.

Por eso estas “sociedades sin rituales” tienen una mayor necesidad de encontrar o inventar nuevos espacios colectivos que cumplan esa misma función. “Somos animales ultrasociales, necesitamos vivir eso”, resume el investigador de la Universidad del País Vasco.

La recompensa de recorrer miles de kilómetros

Compartir acontecimientos nos hace sentir un gran bienestar. Vivir estos episodios de sobrecogimiento se asocian con una mayor sensación de satisfacción, energía y conexión con algo más grande que uno mismo. Según José J. Pizarro, “una especie de pago” que nos empuja a repetirlo: “Nos convertimos en yonquis de la búsqueda de esa emoción”, añade.

Por eso no es casualidad que haya gente dispuesta a recorrer miles de kilómetros solo para presenciar los minutos que dura un eclipse: “Son emociones que cuando se viven intensamente son muy placenteras y dejan huella”.

El eclipse tiene una particularidad, frente a otros grandes acontecimientos: nadie puede cuestionar su grandeza. “Nadie puede discutir la legitimidad de la naturaleza”, a diferencia de lo que ocurre con un líder político o incluso con un artista, cuya capacidad de generar fascinación (‘awe’) depende de gustos, ideología y bandos, explica Pizarro.

Nadie puede discutir la legitimidad de la naturaleza

José J. Pizarro (EHU)

Eso convierte a los eclipses en uno de los pocos disparadores de asombro colectivo capaces de reunir a miles de desconocidos sin fricción, en un momento en que casi todo nos separa.

Puede que, frente a la polarización, la respuesta esté en compartir más acontecimientos en persona: un partido de fútbol, un concierto o, este 12 de agosto, el histórico eclipse total de Sol en España.

Fuente:
SINC
Derechos: Creative Commons
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