Un equipo de la Universidad Sueca de Ciencias Agrícolas muestra que los compuestos orgánicos volátiles que emiten plantas sanas permiten a sus vecinas detectar su ritmo de crecimiento y ajustar el suyo propio, modulando tanto el desarrollo como la expresión génica. El hallazgo amplía la comprensión de la comunicación vegetal.
Un trabajo internacional liderado por la Universidad de las Illes Balears ha demostrado que los musgos regulan activamente su transpiración. Este hallazgo cuestiona la visión clásica de la fisiología vegetal y muestra que la regulación hídrica es más antigua evolutivamente, más diversa y más compleja de lo que se pensaba.
Hace 250 millones de años tuvo lugar la extinción del Pérmico – Triásico, caracterizada por un aumento drástico de las temperaturas y la desertificación de la mayoría de los bosques. Sin embargo, este acontecimiento no supuso el fin absoluto de la vida en la Tierra. Un tipo de plantas, llamadas licófitas, lograron perdurar pese al clima extremo y mantener la biosfera activa al combatir los efectos del calentamiento.
Una familia de proteínas actúa como un interruptor que regula la respuesta al ácido abscísico, la ‘hormona del estrés hídrico’ que activa mecanismos de defensa ante las sequías. Estas son las conclusiones de un trabajo liderado por el CSIC, que también demuestra que es posible reprogramar estas proteínas mediante mutaciones puntuales para crear cultivos que consuman menos agua sin perder productividad.
Cada año por estas fechas, los días más largos y el aire más templado anuncian el renacer de la naturaleza con un estallido de colores, desde el verde de los brotes tiernos al arco iris de las flores. Todo ello es fruto de un complejo programa genético vegetal que responde a la luz y el calor, y cuyo funcionamiento impecable se ve amenazado por el impacto del cambio climático.
Un nuevo algoritmo identifica 2,3 millones de secuencias reguladoras que han sobrevivido a siglos de reordenamientos genéticos, abriendo la puerta a una edición de cultivos mucho más precisa.
La identificación de nuevas especies sigue revelando ramas desconocidas en nuestro planeta. Los grupos taxonómicos incorporados amplían más de lo previsto el mapa evolutivo conocido. Esto no implica que la biodiversidad global deje de estar amenazada por el impacto humano, sino que el conocimiento científico continúa avanzando.
Un nuevo estudio revela que las plantas coordinan su crecimiento mediante señales electroquímicas controladas por su reloj interno. Este mecanismo ajusta cómo se reparten los recursos entre brotes y raíces, afinando su desarrollo a lo largo del día.
Retamas, tamarices o azufaifos, entre muchos otros, fijan el suelo, retienen agua y carbono, y refuerzan la resiliencia de los ecosistemas áridos. Un grupo de expertos ha recopilado medidas de gestión como regular la extracción de agua, aplicar pastura rotacional y restaurar el suelo para protegerlas del declive mundial.
Investigadores españoles han desarrollado una molécula capaz de aumentar la tolerancia de tomates, trigo y vidal al calentamiento global sin necesidad de modificar genéticamente las plantas. El compuesto imita la acción de la hormona vegetal que regula la respuesta al déficit hídrico y ha sido patentado en colaboración con la empresa gallega GalChimia.